La noche es fría y mis pies tiemblan. Se retuercen en busca de calor, esperando que aquella fricción los alivie. La sensación cálida que le sigue es tan placentera al igual que rápida. Al cabo de un tiempo, se separan y vuelven a sentir frío.
Mis pies constantemente se abrazan entre ellos buscando ese fuego momentáneo. No dura por tanto tiempo porque se cansan rápido. Pierden el ritmo hasta quedarse quietos y esa calidez que habían acumulado se desvanece entre sus dedos.
Buscan lo fácil y rápido, una estufa o un par de medias térmicas, cuando existe el agua caliente. Desde la punta de la uña hasta la parte superior de la cabeza, se puede sentir cómo la calidez recorre todo el cuerpo con tan solo hacer contacto con ella.
Mis pies son flojos y buscan un calor sin complicaciones.
Al igual que las personas.
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