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No somos más que dos niños prisioneros de sus patologías,
de los recuerdos, de los dolores pasados.
Luchando mutuamente por un poco de aire puro,
de serenidad,
de silencio.

Nuestras tempestades mentales son demasiado grandes para poder aminorarlas.
Y en el inútil intento de darnos una mano, nos destruimos mutuamente hasta mutilarnos en el proceso.

Ojalá pudiera borrar tus palabras de mi mente,
como si fuera tan sencillo.
Sin embargo, me aferro a ellas con un insondable rencor,
creyendo que allí se encuentra un poco de redención.

Esconder el dolor tras la ira siempre fue mucho más fácil cuando de supervivencia se trata.
A raíz de mi absurdo y testarudo entendimiento humano:
cuadrado, indócil,
igual al de mi procreadora.

Entonces me encuentro mirándome en el espejo, pensando en cómo acabé convirtiéndome en lo que por años odié,
en aquello contra lo que tanto juré pelear.

Me giro a verte y puedo ver en tus ojos el reflejo de aquella sombra oscura que te atormenta en el tuyo propio.

Quisiera abrazarte, recordarte que te anhelo.
Pero hoy no puedo,
no sería sincero.

Aunque aún lo siento,
muy adentro mío.

Te quiero.

Cómo quiero acariciar tu cabello,
besar el borde de tus labios,
sentir ese aroma cálido que emana de tu cuerpo y se filtra en mí,
dejándome encandilada, sedienta de tu amor.

Me balanceo, casi obsesiva, con la desesperación de volver a sentirte.
Cierro los ojos y caigo débilmente en los recuerdos del atardecer.

Mi único consuelo, además del cigarrillo que fumo a medias.

¿Valdrá la pena el tiempo?
¿Vale la pena escribir más estrofas?
¿Valdrá la pena esto?

Ciega y absorbida por una idea ilusoria, quiero creer que sí.
Hay algo más allá de mí que me lo confirma.

Me siento reclusa de tu presencia,
extrañando tu aliento sobre mí.

Y debo confesar que he pecado la noche anterior,
pensando en vos,
rozando el borde de mi tela,
soñando con arremangar tu ropa,
sintiendo el vello de tus brazos,
necesitando ser arropada por tus besos,
sumergida en tu saliva, pero nunca lo suficientemente asfixiada como para salir de allí.

Quiero que lluevas sobre mí,
y susurrarte al oído un débil “perdón”,
mientras te llevo conmigo lentamente hacia el camino del infortunio.

De vuelta conmigo,
sobre mi pecho,
interviniendo entre mis vísceras,
perfumando tu carne,
piel a piel.

Solo allí logro entender que sí, valió la pena cada segundo.

Mar ₊✩‧₊˚౨ৎ˚

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