había hojas mojadas pegadas al banco,
el pasto olía a tierra recién triste,
un perro me olió los zapatos
y siguió caminando,
como vos aquella tarde,
cuando dijiste vuelvo
y nunca volviste.
cerré el libro sin leer la última página
porque entendí que a veces
no hace falta llegar al final
para saber que ya se terminó.
el cielo estaba nublado,
pero el sol se filtraba en huecos
como hacen los recuerdos
cuando uno jura que ya no duelen.
me levanté cuando empezó a lloviznar,
sin apuro,
dejé la marca entre dos hojas,
como quien deja algo abierto,
por si algún día quiere volver
y sentarse otra vez,
aunque ya no haya banco,
ni libro,
ni vos,
ni yo siendo la misma.
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