Que autodestructiva es la mente cuando se lo propone,
impone,
repone
y superpone todo aquello que,
a fin de cuentas,
no está,
no vuelve
y no se queda.
Y esta no es mi primera ni última noche con esta inquietud,
con este mal sabor de boca,
con estas lágrimas rodando por mi cara,
con este dolor de cabeza,
ni con estas temibles preguntas interminables
que parecen gotas que caen en mi frente
mientras estoy inmóvil
y tengo sed.
Sed de un abrazo,
sed de un recuerdo,
sed de cambiar mi pasado,
e incluso sed de olvidarlo
y volver a hacer toda mi vida nuevamente
para no cometer los mismos errores…
¿Errores?
Errores
que hoy en día son mis mayores terrores.
Mi terror a cometer un error
me hizo querer arrancarme el corazón del arrepentimiento.
Y no miento cuando digo
que me hubiese encantado volver a tomar el mando de mi vida
sin temor y vergüenza.
Porque ahora no puedo,
ahora es tarde,
ahora no hay más que hacer
más que llorar por esa persona.
Por favor creeme cuando digo
que me maldigo por sentir ese frío en la punta de los dedos al verte,
esa quemadura en la panza al hablarte.
Y ahora entiendo por qué eventualmente dejé de siquiera mirarte.
Pero después de tomar coraje
era muy tarde,
tan tarde
que lo único que me quedaba por hacer
era llorarte.
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