Perder, aveces es ganar
May 30, 2026
Ella llegó, simplemente,
a desordenar todo e irse,
como un tornado,
un huracán,
un terremoto.
Yo leía mi libro de Sbarra
y veía, cada dos páginas,
algo que me recordaba a ella.
Me precipité pensando
en lo que a ella le sucedía,
aún con la información que me dio,
devolviéndome el pedazo de mi alma
que le había entregado.
Me lo devolvió así,
sin más,
sangrando, supurando.
Me dijo, como cualquier cirujana:
—Esto no tiene salvación ni arreglo.
No hay nada que hacer, y yo no lo quiero.
Yo recibí mi pedazo de corazón.
De todos modos, se lo iba a pedir.
Ya no sentía que le perteneciese.
Después de escucharla, volvieron a mí
las ganas de intentarlo de nuevo.
En mi cabeza no cabía entender
su nueva aventura.
Y la quise salvar, hasta que vi
mi alrededor y me pregunté:
—¿No será suficiente complejo de salvador?
¿Qué podía obtener?
¿Qué beneficio podría conseguir?
Claramente, ninguno.
Arranqué la moto y envié un mensaje:
—¿Estás?
—En un rato, sí.
Yo, que me había negado a recibir cariño,
a involucrarme de más,
rompí mi primera regla.
Pensé: yo también podría.
Y después: debería.
No fue venganza, ni fue rencor.
Fue, después de mucho tiempo,
dejarme amar.
A los dos días, los mensajes
aparecieron de nuevo.
No para intentar ser adulta.
No.
Fue para calmar el abismo
que ella misma abrió.
Y aunque desde que volvimos a hablar
tuve mucho para decir,
decidí retirarme callado,
como un hombre,
sin buscar nada,
sin esperar nada,
sin buscar provecho.
Al menos me sacó la idea.
Desarmó la barrera que había puesto
para que alguien más
me ame.
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