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Pensé en vivir.

John

Jan 18, 2026

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Pensé en vivir.
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Pensé en vivir. 

Miré por la ventana de mi habitación y un deseo repentino me incitaba a respirar un día más. Observé a los pájaros volar entre las nubes y un cosquilleo, leve en esencia, se hundió en las profundidades de mi carne

Imaginé entonces cómo sería alcanzar las estrellas con mi propio plumaje. La belleza de las mismas me acogerían bajo su brillo y, quizás, me permitirían descansar con su calor.

Pero qué necio fui. Pues cuando miré bien a las perlas del cielo, pude ver algo en su reflejo: Soy un esclavo más. Estoy encerrado en una jaula oxidada y putrefacta. A mi lado, encuentro aves descomponiéndose y supurando todas las dolencias que este placer terrenal ha desechado sobre nuestras existencias.

Pensé en vivir, sí. Pero, ¿cuál es el propósito? ¿respirar? ¿o puede que sea amar? no, claro que no. Entonces, ¿dormir? ¿comer? ¿llorar?

No tengo plumas. Ni siquiera mi canto es capaz de atraer la benevolencia en aquellas arpías que dañan a las aves primerizas. Entonces, ¿de qué sirve existir?

No hay una respuesta, y jamás la habrá. Quizás haya que disfrutar de cada aroma y sabor que alimenta nuestras pasiones. El tacto de unas manos, la dulce melodía de una voz amada, poder observar, como un animal, todo lo que sucede alrededor.

Claro. Pensé en vivir, cómo también pensé en morir. Imaginé mi cuerpo colocado torpemente en un féretro oscuro, macizo y con poca decoración. Palidecía mi piel y mi boca ya no podía contar ninguna historia más. Era yo ahora quién recibía las lágrimas. Portaba un frac azul¡maldigo a Goethe!—. Todo el ropaje restante era insignificante

Sobre mi pecho, una flor marchita y un papel amarillento que rezaba, de todas las partes, lo siguiente: "Sus alas de gigante le impiden caminar".

Podría ser más específico y señalar cuál fue la causa de mi fallecimiento, pero, cómo mi cuerpo físico aún prevalece sobre la fría tierra que todavía piso, dejemos dicha tragedia para la imaginación colectiva.

A través del cristal, no distingo los rostros; no obstante, distingo una voz entre otras: es la mía. Ahora soy yo quién está tras el cristal. Visito mi propio cuerpo, y le traigo flores. Pero él ya no puede verlas, y, en realidad, yo tampoco.

Rezo un poco —por respeto, diría yo— y dejo escapar algunas lágrimas. 

Cuándo voy a marcharme, observo cuidadosamente sus ojos. Tiene mi mirada. Está vivo.

Salgo del lugar y, con la tranquilidad de un ser que ha perdido todo, vuelvo a mi hogar. Una vez dentro, subo las escaleras y entro a mi habitación. Me siento en el escritorio y miro por la ventana. Unos pájaros volaban entre las nubes. Un pensamiento repentino surgió en mi mente:

Pensé en vivir. Quizás debería hacerlo.

John

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