Vivo tan preocupado que olvidé demasiado.
Olvidé de tanto pensar.
Y recordé que no hace falta pensar para olvidar.
Entonces aprendí a pensar para recordar.
Olvidé cómo se siente la caricia del viento,
por pensar en llegar a casa a cierta hora.
Pero recordé que sigo respirando
los besos que me regalan los cerezos en las calles.
Olvidé cómo llorar,
pero pensé que quizá podía hacer algo para no hacerlo.
Entonces recordé: “¿Qué es lo peor que puede pasar?”
Y volví a reconciliarme conmigo y con mi vida.
Fumando en la vereda,
abrazado por la luna,
encontré un nuevo sentido en las nubes
que envuelven esa luz que me protege.
La caminata larga hasta casa me recuerda
lo hermoso que es vivir,
porque, como dijo una inspiración:
estar vivo no es precisamente lo mismo que vivir.
Así es, al final de todos los días.
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