Lo extraño, más de lo que me gustaría.
Lo único que hago últimamente es sentir arrepentimiento, culpa, sufrir por su ausencia, pensar en qué estará haciendo, si me pensará también.
Intento ocupar mi cabeza la mayor parte del tiempo, porque, en el segundo que dejo de ocuparme, un torbellino de emociones me sobrepasa, apoderándose de mí.
Las ganas de llorar no desaparecen, solo se desvanecen momentáneamente, siempre y cuando no lo recuerde.
Me siento ridícula, casi humillada. Lloro en el trabajo, lloro en la calle, lloro en mi casa y en varias partes: mientras fumo un cigarrillo en el balcón, mientras me baño y también cuando me acuesto en las tardes.
No importa el día ni la hora, siempre estoy sufriendo por él. Es agotador. Es como si mi propio cuerpo no conociera el final, y mis lágrimas fueran una fuente inagotable de dolor.
Solo quiero dejar de sentirme así. Tan así que no sé ponerle nombre ni tampoco describirlo, porque se transforma según el momento. Por momentos es similar a la tristeza; por otros, solo siento vacío, como si me hubieran sacado algo del pecho y ahora solo sintiera los espasmos del dolor de una herida que aún no cierra; que, de hecho, está demasiado abierta.
Ya no sé qué hacer para sentirme presente en mi vida.
Incluso antes de nuestra última discusión ya me sentía menos mía.
Absorbida por este vínculo, distraída de mis responsabilidades, sutilmente revuelta con respecto a mis emociones.
Antes de esto nada era bueno, y ahora tampoco. Ahora es menos.
Me miro en el espejo y siento pena hasta de la cara con la que me encuentro. Me cuesta seguir las conversaciones con los demás porque, sinceramente, no me interesan. Me desvío del camino, pienso en otras cosas y ellos ni siquiera se dan cuenta.
Intento seguirles la corriente, primero para que no me crean maleducada y, segundo, porque todavía me quiero hacer creer a mí misma que aún sigo con vida. Que todavía estoy acá, transitando las calles, caminando hacia el trabajo, ejerciendo mis sueños (¿cuáles sueños?). Ya hace tiempo que ni siquiera siento que disfruto de mi día a día, y es que no lo hago. Y, si no lo hacía con él, ahora menos que menos. Siempre menos.
Entonces sigo con la careta puesta, haciéndole creer a todo el mundo que estoy mejor (“Sí, estoy mejorando, te lo aseguro”). Contesto los mensajes como lo haría habitualmente mi yo real y digo que estoy tomando la medicación, que sigo mi tratamiento, que todavía me esfuerzo. Aunque, en el fondo, es mentira.
Y sigo escuchando conversaciones vacías, y sigo trabajando, y sigo fumando, y ahora encima bebiendo, y todavía no me encuentro. Todavía me entretiene más pensar en él. Extrañarlo. Preguntarme si comió hoy, si alguien le preguntó cómo estaba, si charló con alguien de su familia, si acarició a su perro, si en algún momento se detendrá en su casa y se sentirá igual que yo ahora: fuera de su vida, atascado en la rutina, vacío por todo lo que pasó entre nosotros.
Y lo dudo. Realmente lo dudo. No por víctima ni egoísta, sino porque genuinamente creo que él es capaz de seguir adelante a pesar de todo, de no detenerse ante la primera piedra que se le cruce en el camino. En este caso, yo.
Entonces ahora duele más.
Mi cabeza me hace creer esas cosas para que duela más, incluso si ni siquiera sé si son verdad. Probablemente nunca lo sepa. Y tampoco sepa cómo está él. Si me piensa. Si comió. Si durmió. Si todavía queda algo de mí en su corazón.
El tiempo es relativo, y la verdad no me interesa cuántas horas hayan pasado desde nuestro último mensaje. Solo me importa cómo me sentía cada vez que veía que él me estaba escribiendo: adrenalina, emoción; algo se activaba en mí.
Aunque el mensaje del otro lado fuera malo, por un momento me sentía vista, me sentía importante.
Ocupó su tiempo en mí. Pelear conmigo le ocupó espacio en su vida y en su tiempo. Yo fui alguien que lo marcó, para bien o para mal. Tuve un propósito.
Y ahí es donde también mi cabeza me hace creer que gané algo.
Todavía creo que tengo algo que apostar en este juego.
Aunque, en realidad, nunca estuve adentro.
Jamás moví ninguna ficha.
Mi ego y mis ambiciones, en conjunto con mis inseguridades, avanzaron más rápido que yo.
Perdí todo, y ahora solo queda esa sensación de desilusión cuando ves las consecuencias de tus actos más oscuros.
Jamás podré obtener su perdón, y eso es algo que mi cabeza no cree del todo, pero de lo que yo sí tengo la certeza racional.
Ojalá me equivocara.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in