Existen formas de romper a una persona. Ya sea con una ruptura traumática y dolorosa, una pérdida grande y letal, algo fuerte, algo que es difícil de olvidar. Pero cuando uno mismo rompe cada espacio noble de su vida, cada espacio que antes era milagroso y religioso, no se le puede echar la culpa a un tercero. Quizás, a veces, somos enemigos de nuestra misma persona, somos enemigos de nosotros mismos.
Y si bien mañana será otro día y podemos dar de nuevo al inicio del día, al inicio de una nueva aventura, cuando llegue la noche ese rompimiento seguiría ahí. Estático. Y comenzará a molestar; podés ignorarlo el resto del día, pero cuando vos mismo generás el pensamiento, ese malestar, esa agonía que permanece durante años, durante noches, donde te aislás de otros porque temés que la oscuridad también los atrape a ellos. ¿Qué más se puede hacer? Seguir adelante y que el sucio Morfeo no pueda atraparte, que los malos pensamientos y malos momentos sean solo eso, un mal trago que a veces cuesta tragar.
Cuando uno mismo es su propio enemigo y los pensamientos son trenes que no tienen cambios de frenos, cuando el pensamiento es más rápido que la lucidez, no queda otra opción que tratar de frenarlo y alimentarnos del amor y cariño que nos brindan otros, el calor ajeno.
Quizás así, poco a poco, uno mismo puede comprender cuál es la cuna del dolor y cuáles son las formas de sanarla. Quizás así, el pensamiento no será más que uno fugaz, tal como una estrella que pasea en el cielo y cerrás los ojos para pedir tu deseo. Quizás así los pensamientos no dolerán tanto.
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