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 Pedra no peto-Piedra en el bolsillo

May 7, 2026

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 Pedra no peto-Piedra en el bolsillo
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Mi bisabuela desde niña supo que los de Mos vienen de las piedras que cantan. Que las mujeres llevan música en los dedos. Y quizás alguna vez haya pensado

“Si no puedo cantar mis sueños, que los cante alguien que me lleve en su sangre o en su memoria.”

Por ella y mi primo Sergio, que fue mensajero entre mundos, nace este cuento que no lo es tanto. Es la suma de silencios que hoy pueden hablarse. Son costumbres y sueños entretejiendo la tierra y el cielo.

 

                            Pedra no peto-Piedra en el bolsillo

Laia giró la llave con suavidad, como si el último crujido de la cerradura pudiera despertar a los recuerdos dormidos entre los marcos y las cortinas. Afuera, el cielo de otoño bordaba melancolía. Adentro, el silencio sabía a despedida.

Llevaba maletas, pero el pequeño bolso en su mano era lo que en verdad tenía peso, no en volumen sino en su alma. Adentro, entre documentos, lentes y billetera, envuelta en un retazo de lino iba la piedra. No era una piedra preciosa. Pero Laia la había colocado en el centro de su vida en el mismo momento en el que la recibió.

La piedra tenía una hendidura con forma de espiral, como un corazón que piensa en volver. Y eso iba a hacer Laia: volver. No como turista. Volver como quien sigue los pasos de un eco.

Mientras el auto se alejaba, Laia miró por la ventanilla la casa que ahora quedaba atrás.  Sintió que algo se deslizaba por dentro: no era miedo, ni tristeza. Era otra cosa. Como si la piedra empezara a hablarle.

El trayecto hasta el aeropuerto se fue llenando de aromas e imágenes que quería llevarse con ella. Y mientras sentía como se iban encharcando sus ojos recordó a su primo Gael. Él era quien le había traído esa piedra.

Al volver de un viaje a Vigo, le había dicho tomándole la mano _ Te traje un pedacito de suelo que habrá pisado por última vez la “vieja Aldara “antes de subirse al barco.

Aún podía vivir en presente, esa mezcla de curiosidad y desconcierto que tuvo al extender la palma. Todo parecía haberse desdibujado por completo a su alrededor. El primo le entregó la pequeña piedra sin ceremonias, pero en ese gesto había una quietud que la envolvía.

Era lisa, de un gris azulado con vetas blancas, como nubes dormidas en el agua. Laia la había tomado con lentitud, y al hacerlo, un calor suave había corrido por sus dedos, como si la piedra la reconociera. Por un instante, todo desapareció. Solo existían ella y la piedra, suspendidas entre la bruma y el latido.

Pocos meses después Gael falleció. Laia que no tenía hermanos, se quedó sin su par. Ya no había padres ni abuelos y solo ellos dos mantenían vivo el recuerdo de Aldara la bisabuela que había llegado desde Galicia. Y aunque mucho no sabían de ella siempre había estado presente y estaban seguros de que su nombre le hacía justicia, Aldara es un nombre gallego que evoca nobleza, sabiduría, libertad y optimismo.

Ya no había con quien conservar y cuidar las profundas huellas dejadas por la bisabuela. El corazón de Laia iba sumando heridas que nadie podía ayudar a sanar.

Curiosamente a partir de entonces la piedra había comenzado a tomar brillo. Las vetas grises habían desaparecido y en su lugar un fuerte color dorado la volvía resplandeciente.

Así como bañada en polvo de oro, regresaba de la mano de Laia a su tierra. Ella había decidido desandar el camino de Aldara y por eso le decía adiós a Buenos Aires.

Un avión cruzaría el mar y en unas horas estaría en Madrid, luego seguiría al norte hasta llegar a la aldea.

El viaje de Aldara había sido muy distinto...

Camino al puerto sentía que el corazón se le estrujaba, pero ya no volvió a mirar atrás.

Mas tarde el silbato del barco cortó el aire como una promesa rota. La joven Aldara se apretó el pañuelo al cuello mientras el viento del Atlántico agitaba los bordes del delantal bordado por su madre. En su bolsillo, acariciaba una piedra lisa que había recogido de niña un día en que jugaba con su pequeña hermana Sabela. Siempre la acompañaba, era su talismán.

Aquel día, el puerto de Vigo parecía hervir con las voces de cientos de despedidas. Ella ya lo había hecho tratando de ocultar lágrimas traicioneras. Intuía que ese era el último abrazo que le daría a su madre y dejó la promesa de alguna vez regresar a buscar a su hermana. Ahora caminaba entre valijas de cartón, niños dormidos sobre los hombros de madres nerviosas, marineros que gritaban órdenes sin mirarla. Cuando el pañuelo se le voló por el viento, soltó una mano para sujetarlo… y entonces, sin saberlo, la piedra se deslizó fuera del bolsillo, rebotó sobre la madera húmeda del muelle y desapareció entre las rendijas.

Aldara no la vio caer. Solo sintió, mientras subía por la rampa del barco, una súbita ligereza en el pecho, como si algo la estuviera despidiendo en silencio.

Laia ha llegado a España.

El tren parte de Madrid hacia Vigo. Cada estación parece desvanecerse detrás de ella como páginas arrancadas de un libro que ya no le pertenece. El paisaje cambia lentamente: los edificios se diluyen entre colinas, el gris urbano da paso al verde antiguo.

Lleva consigo la piedra —sin saber aun lo que es. Al tocarla, siente una tibieza extraña, como si palpitara. Durante el trayecto, abre varias veces el bolso para poder mirarla. Su brillo sigue intacto, ese reflejo dorado parece tranquilizarla y llenarla de energía.

Al bajar del tren, el Atlántico la recibe con ese aire salado que parece susurrar historias de embarcadas pasadas. Una parada frente al puerto la conecta con Aldara —como si la memoria la esperara allí.

Un autobús local la acerca hasta la aldea.

En Galicia, las piedras están ligadas a la tierra, a los muros, a los caminos. Llevar una piedra en el bolsillo puede ser un gesto de conexión con los ancestros, con la historia que no se quiere olvidar.

Laia, no lo sabe, sin embargo, al bajar del bus instintivamente la saca del bolso y la guarda entre su ropa para llevarla cerquita suyo.

Luego emprende una corta caminata por un sendero rodeado de helechos y matorrales de hortensias.

Así llega a la casa que será suya. Pero no es sólo una casa, es una resonancia.

Al cruzar el portón, Laia siente una familiaridad inexplicable. Las rocas en las paredes, la hiedra trepando por los bordes, la puerta y umbral con olor a madera antigua. Todo evoca a las descripciones que Aldara contaba con morriña.

En la cocina hay una ventana baja, con cortinas de lino bordadas a mano. Laia se detiene allí, y el silencio le parece cargado de susurros —como si la casa le hablara en voz baja, reconociéndola.

El primer día de su nueva vida comenzó con lluvia. Pero pronto paró y el cristal de la ventana fue un prisma por donde se filtraron los colores del arco iris.

Salió de la casa y el aire olía a leña húmeda, a tierra que había dormido bajo lluvia. Frente a ella, la aldea se desplegaba como un mapa de infancia que nunca vivió: casas de piedra con tejados de pizarra, hórreos elevados como guardianes silenciosos, cruceiros cubiertos de líquenes.

Caminó despacio por la calle empedrada, saludada por el humo de las chimeneas que dejaban adivinar el pan horneándose y por el eco de una gaita lejana que parecía salir de la montaña. Cada paso era una pregunta, cada piedra una respuesta que aún no entendía.

Comenzó a descubrir los lazos vecinales, el ritmo acompasado con la naturaleza, el aire limpio. Entendió que allí la vida no se aceleraba, se disfrutaba

Un camino de piedra la llevó hacia la antigua escuela del pueblo, el lugar donde inmediatamente comenzó a trabajar. La fachada estaba algo desgastada, pero las ventanas altas, los muros cubiertos de musgo y la verja de hierro eran dueños de una dignidad que el tiempo no había logrado borrar.

Laia estaba allí para enseñar a gestionar emociones. El arteterapia le daba a la escuela una luz completamente distinta. Laia, acompañaba y despertaba. Lo que antes fue solo aula, ahora era taller de transformación emocional.

Los pupitres se llenaban de acuarelas, arcilla, papel rasgado y palabras sueltas que los niños iban reuniendo para nombrar lo que sentían. Laia no les decía qué debían expresar: los guiaba con símbolos, colores y silencio compartido.

La piedra siempre estaba con ella. Era parte de las clases, de esos símbolos, charlas o silencios.

Una tarde, la jornada fue especial. Los abuelos fueron invitados a trabajar junto a los niños. Cada uno de ellos debía traer un objeto que le generara sentimiento, un recuerdo, una emoción.  

La tarea se hizo en el patio. Antes de comenzar, Laia, sin saber cómo ni porque, espontáneamente le entrego la piedra a Xoan ,uno de los niños. Este corrió junto a su abuela y comenzó a trabajar.

Todos fueron contando el porqué de su obra libre. Pinturas, tinta, collage, masas y puntillas, figurines, pequeños juguetes, retratos y dibujos amalgamaron las emociones de nietos y abuelos.

Cuando le tocó el turno a Xoan, inexplicablemente, Laia sintió como si alguien la abrazase. El niño de ocho años había colocado la piedra, que brillaba más que nunca, en el centro de la mesa y alrededor había trazado círculos con arcilla formando un espiral. Y entonces dijo _ La piedra brilla como el sol porque allí viven los abuelos, hay mucha luz y calorcito. Es como el corazón.

Y luego comenzó a seguir con un dedo el rastro de la espiral trazada en el barro, yendo y viniendo mientras narraba_ Ellos se van, pero siempre vuelven. Los abuelos se van, pero regresan a quedarse en el corazón.

Visiblemente conmovida, tanto como Laia, la abuela contó_ La abuela de mi madre guardó toda su vida, las cartas que su hermana le enviaba desde Buenos Aires. Mantuvieron siempre la promesa de volver a encontrarse, pero no pudo ser. Esas cartas siempre estuvieron en la familia. Se fueron desintegrando por el tiempo, las mudanzas y porque habían sido escritas entre lágrimas, lo delataba la tinta corrida.

A mí me ha llegado solo un trozo de papel amarillento y deshilachado que siempre he guardado con mucho mimo. Al ver lo que ha creado mi nieto no puedo más que emocionarme. Ese pedacito de papel escrito en un lugar tan lejano y hace tanto tiempo atrás es lo que hoy he querido traer. Entonces lo saca de una cajita muy coqueta y lee

“Perdín aquela pedra que levaba no peto, a que gardaba dende nena. Quizás o mar a garda por min.”

“Perdí aquella piedra que llevaba en el bolsillo, la que guardaba desde niña. Quizás el mar la guarda por mi “

Y con vos entrecortada, la mujer culminó, _Mi bisabuela se llamaba Sabela y su hermana a la que nunca volvió a ver, Aldara.

Laia se secó las lágrimas y tocó la piedra diciendo “Volviste “.

Comprendió que la piedra había regresado. No era el mar quien la guardaba. Era la memoria.

Sus heridas comenzaban a sanar. Su primo Gael fue como un puente silencioso entre lo que se perdió y lo que debía volver. Él sin saberlo unió los hilos invisibles del linaje femenino. Fue el portador del regreso. Le devolvió a Laia no solo el objeto, sino la historia completa.

Quizás la vieja Aldara lo eligió para esa misión.

Esa tarde, comenzó a llover, pero nadie se movió del patio de la escuela. Todos tenían la certeza de que pronto saldría el sol. Es que en Galicia no llueve, son las nubes que al pasar por ahí se emocionan y ahora Laia también lo sabía.

 

                                                                                   

                                                                            

 

 

 

 

 

 

Miriam Rodriguez Roa

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