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Pasos al costado. ¿Qué tienen en común un disco, un libro y una pintura?

Apr 25, 2026

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Pasos al costado. ¿Qué tienen en común un disco, un libro y una pintura?
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Parte 4:

Kingdom,

Capítulo 6.




Galeano alzó la mirada de la sorpresa, pero la voz venía de más abajo; con sus brazos apoyados en las barandas del tercer piso y una pierna cruzada, el rey nos miraba expectante.

—¡Ahí estás, Mickael! —dijo Galeano, dándose la vuelta y bajando hasta el tercer piso— ¿Cuando es que pondrás un ascensor, eh?

Vestía una típica corona de rey, muy parecida a la de escala gigantesca que actuaba de muralla. Tenía un pelo marrón y enrulado, usaba una capa parecida a la de la mujer de hace rato, una pechera blanca con retoques dorados, pantalones blancos y ajustados y zapatos dorados. 

—¡Bah, no quiero dañar el aspecto de mi castillo con cosas como eso! ¿Has venido por tu parte, viejo? —dijo riendo—. Veo que sigues siendo igual de simpático.

Galeano no parecía agradarle la situación. Los dos, una vez estuvieron de frente, se dieron la mano.

—¿Quién es el muchacho? —preguntó Mickael, dirigiendo su mirada hacia mí.

—Jim, mucho gusto —dije extendiendo mi mano.

—Mickael, rey de todo lo que estás viendo, un placer —dijo estirando su mano y estrechando la mía.

—Mira… seré directo, Mickael. Vine porque quiero que me hagas un favor, como amigos —repuso Galeano temerario ante Mickael.

—¿Así quieres que te pague ahora? ¿Con un favor? ¿Quieres eso? ¿Como amigos? No has aparecido en décadas, ¿y ahora vienes con eso?

Los dos se pusieron de frente. Mickael media bastante más que nosotros dos, debía de medir al menos dos metros y medio.

—Te explicaré… —mencionó Galeano.

—Bien, pero aquí no. Vayamos a un lugar más cómodo ¿no?

Mickael nos guío por las escaleras hasta el quinto y último piso. Allí, entramos en una amplia habitación con una mesa rectangular en el medio, con varios platos y copas lujosas. 

—¿Has venido en este horario a propósito, no es así? No pensaba tener invitados… pero me alegra verte, Galeano —dijo tomando asiento en uno de los extremos de la mesa—. ¡Siéntense por aquí, adelante!

Éramos los únicos tres sentados en la mesa. Además de nosotros, había dos guardias que vigilaban las entradas y al menos otros diez asientos desocupados. Apoyé mi mochila en el suelo, al lado de mi silla.

—¿Gustas que te guarde tu mochila, Jim?

Voltee a ver a Galeano.

—No hace falta —dijo él—. Te lo agradecemos. Es más, no creo que haga falta toda esta molestia… mi petición será rápida, no tenemos tiempo que perder… 

—Tranquilo, no nos hemos visto en mucho tiempo, pronto llegará la cena, ¡comida de primera calidad! ¿Creo que nunca te he invitado a comer, no es así?

—Eso creo… —repuso Galeano.

—Esperen hasta que estemos todos, entonces me contarás eso tan importante.

—Sea pues…

Me sentía nervioso. Me sentía pequeño, ajenos al reino, y ciertamente lo éramos. Rodeados de todos estos lujos... No teníamos lugar aquí. Galeano y Mickael, en absoluto silencio, agarraron un pañuelo de la mesa y lo ubicaron en sus cuellos. Tomaron los cubiertos y los desenvolvieron de la tela que los cubría. Los vi y repetí las acciones.

Pronto empezaron a llegar más personas; primero, aquella mujer de hacía un rato, Jean. Entró por la puerta y al vernos hizo un gesto de desagrado en su rostro y luego se sentó junto a Mickael. Antes de que ella tomara asiento, se acercó a su padre y arqueó su cuerpo, inclinándose él, y le acercó los labios. Mickael se inclinó también y besó los labios de ella. Y luego sin más, se sonrieron y ella tomó asiento al lado de su padre. Nos había dejado atónitos a Galeano y a mí, pero no hicimos mención de lo sucedido.

—Mi hermosa Jean, mi bebé… Es la que heredará todo cuando muera —mencionó Mickael-. Jean, ya conoces a Galeano. Pero hoy tenemos un nuevo invitado, el muchacho es Jim.

—Un gusto —dije.

Galeano y Jean se limitaron a asentir.

Después, por último, llegó un hombre. Apareció eminente por la puerta, era robusto y de puro músculo, vestía ropa de un tono más anaranjado aunque no dejaba de presentar ese característico dorado en las prendas. Tenía hombreras, un pelo lacio y dorado que le llegaba hasta el hombro. Se escuchaban sus pisotones de botas de hierro que se acercaban a la mesa. Tenía una mirada sería e indiferente.

—Él es mi hijo, Patrick. Patrick, él es Jim.

—Un gusto… —dije.

—...

—Disculpen a Patrick… el pobre no… no habla… —inquirió Mickael, esbozando una risa nerviosa, disculpándose por su hijo ya que este no había mediado palabra.

Al poco tiempo llegaron varios hombres, mayordomos y todos de tez oscura, los cuales apoyaron en la mesa una variedad de comida y bebida y luego se retiraron.

—¡Coman, coman sin vergüenza! —exclamó Mickael.

—¿A qué se debe que estés aquí, Galeano? ¿Dinos, qué tramas? —preguntó Jean.

El ruido de los cubiertos y platos, el sonido de las bocas masticando y el derrame del vino sobre las copas no tardaron en aparecer tan pronto como los mayordomos dejaron sobre la mesa el banquete.

—Hemos venido…

—Ya habrá tiempo para eso —interrumpió Mickael alzando la voz—. No seas impaciente, Jean. Quiero que me digas, Galeano, ¿Qué has hecho en todo este tiempo que no nos vimos?

Detuve mis cubiertos y levanté la mirada ante la repentina interrupción de Mickael.

—No mucho… —repuso Galeano—. Empecé a llevar una vida más tranquila. Con mis cosas, mis libros para estudiar, mis pequeños perros... Estuve vagando mucho tiempo, y otra parte la pasaba tranquilo, en casa.

—Oh, pero es una pena, ¡con el potencial que tienes, deberías brindarle ese potencial, esa ayuda, a la gente! —dijo Mickael alzando los brazos.

Galeano, ante la respuesta, ni siquiera lo miró,  siguió concentrado en su plato de comida. No hubieron más palabras por parte de Galeano ni de nadie en la habitación por unos minutos hasta que Mickael, quizás impaciente a que su "amigo" se interesara por él, habló:

—Por mi parte… Bueno, supongo que lo mismo de siempre, tomar las riendas y dirigir el reino. No ha sido fácil encargarme de los ataques y las guerras… De dirigir un ejército hacia la victoria… 

—Hm, lo llevas bien… —añadió Galeano, indiferente.

La tensión y el incómodo silencio reinaron los próximos minutos.

—Bien, supongo que ya… ya puedes pedir aquello que quieres —mencionó Mickael luego de pegar un trago de su vino y vaciar la copa.

—Sí… sobre eso, espero no sea una molestia… hemos venido ya que se nos ha encomendado una misión —comenzó a explicar Galeano—. Estamos en busca de discos de vinilo de los diferentes reinos…

Galeano, al decirlo, hizo una pausa, y Mickael, a punto de llevarse comida a su boca, se detuvo y bajó la mano lentamente hasta apoyarla en el mantel de la mesa. Tanto él como sus hijos posaron sus miradas en nosotros.

—Discos… —dijo el rey en voz baja, asintiendo repetida y levemente la cabeza.

Hizo un gesto de intriga, dirigió sus ojos hacia la derecha, como perdiéndose por un momento, y luego pareció recobrar el sentido y se llevó la comida a la boca.

—Hm, interesante lo que me pides, Galeano… —dijo mientras masticaba un trozo de carne— Quizás… estamos hablando de un gran favor…

¿No?

—Bueno… 

—Dime, ¿quién os ha dado esa misión? Y si me permites… ¿Cuál es la recompensa?

—No creo que sea adecuado conferirte tal información, Mickael, no me lo permiten. Los necesitamos a modo de estudio, luego, si no se necesita más de ellos, los devolveremos —mencionó Galeano, dirigiendo su mirada hacia mí.

Asentí, y vi como las miradas de los demás se posaron únicamente en mí, y me sentí intimidado.

—Es una locura… Apareces de la nada luego de varias décadas y…

—Silencio, Jean —interrumpió Mickael.

El rey suspiró y apoyó sus codos en la mesa, reposando su cabeza en sus manos, pensando.

—Discos… tengo varios… —dijo, aún apoyado.

—Aquí mi amigo se encargará de elegir el adecuado, no harán falta todos.

—Solo uno. Les daré sólo uno. Y ya hablaremos de qué recibo yo a cambio...

—Bien. Seguramente podamos llegar a un acuerdo.

Apenas se acabó la comida, el rey se levantó bruscamente y apoyó las manos en la mesa.

—Vamos, síganme —dijo.

Apuré en ponerme la mochila, y Galeano y yo le seguimos al rey hasta una gran sala ubicada en el mismo piso. Estábamos sólo nosotros, sus dos hijos se habían marchado y tampoco había guardias.

—Lo haremos en un par de horas, cuando sea más de noche, no quiero que los habitantes se preocupen al verme —dijo Mickael, para luego sentarse en un sillón—. Pueden tomar asiento si gustan.

La habitación era reluciente, tenía un piso blanco que reflejaba todo alrededor, las paredes estaban cubiertas en su mayoría por telas gruesas y de color bordó. Había un gran ventanal con rejas doradas, varios muebles, varios libros, dos sillones y un largo sofá que rodeaba a una larga mesa donde habían apoyados objetos como un teléfono de cable, mapas y papeles con anotaciones, una pluma y un tintero. El reloj ubicado encima del ventanal marcaba las nueve de la noche.

—Las nueve… —murmuró Mickael luego de ver la hora—. Para las once, una vez los guardias nocturnos vigilen las calles y las luces de los negocios se apaguen, entonces usaré mi habilidad. Tengo habitaciones en las que pueden descansar si así gustan…

—¿A qué se debe la espera? —le pregunté a Mickael, impaciente por querer el disco e irme de ese lugar.

—Pues… —Mickael, antes de continuar, hizo una larga pausa, dirigiendo sus ojos hacia Galeano, hacia mí y a diferentes puntos de la habitación—. Arriba, sobre una nube en un pedazo de tierra congelada en el tiempo, se encuentran mis tesoros —explicó, señalando con un dedo hacia el techo, apoyando su cabeza con la otra mano—. Solo yo puedo alcanzar aquella nube gracias a mi habilidad, al hacerme gigante, y poder tomarlos con facilidad cuando yo quiera, excepto de día, claro, pues no quiero que los habitantes se alboroten y piensen lo peor al verme de tal tamaño.

—¿Congelada en el tiempo? —pregunté asombrado.

—Ya han escuchado mucho —dijo con una cara seria—. Es preferible que se queden en una habitación durante estás dos horas, yo tengo que encargarme de algunos asuntos, y confío en ti, Galeano, se que no te robaras ni intentaras nada. ¿Qué dicen? ¿Aceptan?

—Claro, es muy amable de tu parte.

Mickael nos guío hasta el cuarto piso donde habían varias puertas y pasillos. Se detuvo en una habitación abierta y nos dio paso para entrar.

—Vendré a las once, estaré en mi habitación en el quinto piso —fue lo último que dijo, para luego dar media vuelta, cerrar la puerta, e irse.

La habitación no era muy diferente a donde estábamos, sólo que en vez de sillones había dos camas y una mesa con tres sillas.

Galeano se sentó en una de las camas y dio un suspiro, luego, se acostó boca arriba.

—¿Irys y Bara estarán bien? —le pregunté, sentado en la otra cama.

—Bara seguro que sí. Irys… Sólo espero que todo lo ocurrido no haya sido demasiado traumático para ella.


Agustín D.

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