mobile isologo
search...

Pasos al costado. ¿Qué tienen en común un disco, un libro y una pintura?

Apr 25, 2026

15
Pasos al costado. ¿Qué tienen en común un disco, un libro y una pintura?
Start writing for free on quaderno

Parte 4:

Kingdom,

Capítulo 8.




Nos apresuramos a salir, subimos las escaleras, Galeano dejó a Bara en el sótano y se despidió de ella.

—¿La dejarás aquí? —dijo Irys.

—Es sólo un momento, luego vendremos por ella —respondió acariciándola.

Galeano cerró las puertas de su casa y corrimos por las calles. Apenas salimos, el repentino ruido de las explosiones, el fuego, la lluvia que se había vuelto mucho más pesada, los gritos de las personas y los escombros cayendo nos abrumaron.

—¡¿Hacia dónde iremos?! —preguntó Irys gritando, apenas pudiéndose escuchar.

—Aún nos falta el disco… —gritó Galeano.

—¡¿Aún no lo tienen?!

—¿No será mejor esperar a que termine la guerra? —pregunté.

—Quizás esta batalla no nos concierne, pero no puedo dejar que masacren al rey… o al menos a los inocentes —exclamó Galeano—. Quizás podamos hacer algo para ayudar, y esperar a que termine la guerra no es una opción.

—¿Quienes están invadiendo el reino? —inquirió Irys.

Estábamos llegando al puente que conectaba con la gran corona-muralla gigante, donde una infinidad de guardias y habitantes corrían, iban y venían. Se escuchaba una lluvia de disparos, en su mayoría provenientes del ejército de Mickael.

Del norte, por donde habían penetrado, se acercaban eminentes, lo que tomé por enemigos; un gran y amplio ejército de lo que parecían sombras azules, espectrales, se acercaba. Sombras altas, bajas, de tamaño humano y otras de siluetas que no reconocía. Todo el norte estaba cubierto de miles de figuras azules y celeste, claras, transparentes, que en conjunto pintaban todo el horizonte de azul.

—Fred… —dijo Galeano, contemplando la escena.

Todos, a los pies del puente, estábamos con la mirada fija en aquel ejército. Pero, de las puertas de la gran corona, se escuchaban gritos de guerra, ataques, poderes, resplandores, guardias corriendo, pero no hacia la batalla, si no escapando. Galeano nos apuró y entramos por las puertas. Allí se estaba librando toda una batalla.

Cerca de nosotros, de nuestro lado, se encontraban los hijos malheridos de Mickael, pero aún no se habían rendido, y parecían preparados para seguir luchando, dispuestos a morir por el reino. Un poco más lejos, había una figura de un hombre con bata blanca, el cual hacía gestos con sus manos levantandolas y al hacerlo se escuchaban explosiones de lugares cercanos, como si hiciese estallar bombas con sólo levantar sus brazos. Al lado de él estaba Patrick, combatiendo con una extraña criatura oscura y violeta, como un demonio, parecido a Irys cuando se transforma. Y en el castillo, o lo que queda de él, se encontraba el hombre que tomó de rehén al rey, aún lo tenía apresado en sus brazos, y desde detrás de una barrera de humo y fuego arrojaba sus proyectiles, que al chocar contra algo sólido así sea suelo o un cuerpo humano, explotaban, haciendo estragos. Al lado de él había otro hombre más grande y robusto, el cual tenía rodeada en sus brazos a una mujer.

—¡Es ahora Irys, conviértete! —dijo Galeano—. ¡Iremos a por el rey!

La hija del rey, Jean, que estaba cerca de nosotros, con su ropaje rasgado y sangre recorriendo su cuerpo, alzaba sus manos y las movía frenéticamente. Alrededor de ella, grandes escombros volaban, siendo controlados y lanzados hacia el enemigo. Habían esparcidos por todo el campo de batalla clones del hombre estatua gigante, los cuales se movían, saltaban y pegaban fuertes puñetazos contra el suelo.

Galeano fue el primero en actuar de nosotros, activó su gancho y se aferró a un gran trozo de pared cerca del castillo. Yo le seguí detrás de él. Mientras tanto, Irys estaba intentando transformarse, agarrándose la cabeza a medida que crecía de tamaño. La habíamos dejado atrás al desplazarnos con los ganchos, pero pronto nos siguió el paso. La vi desplazarse a una gran velocidad, en aquella forma bestial y demoníaca suya, me asusté por un segundo, tuve a la criatura frente mío en un abrir y cerrar de ojos antes de poder procesar que era Irys.

Ya cerca de los restos del castillo, observamos como, debajo de los que tenían aprisionado al rey, había una zona despejada en el suelo del castillo, donde no había fuego ni humo. De aquella zona se abrían paso unas escaleras que bajaban. Y de las escaleras salieron varias personas las cuales, algunas se arrastraban moribundas, tratando a duras penas subir los escalones, mientras otras eran llevadas como por arte de magia, flotando en el aire y siendo dejadas lentamente en el suelo. De repente, al lado de las escaleras y junto a aquellas personas, apareció de la nada misma un hombre de pelo negro, largo y desordenado, vistiendo un atuendo negro y marrón. Se quedó allí de brazos cruzados contemplando la destrucción.

—¡Los prisioneros! —murmuró Galeano.

Miré a Galeano, y vi una mueca de furia y disgusto en su rostro que jamás había visto.

—Ya lo entiendo… Intentan destruir el reinado de Mickael y liberar a la gente… una vez obtengan las riquezas… supongo que lo matarán… —explicó Galeano.

—¿Quienes son? —dije, refiriéndome al enemigo.

—Son el ejército de Fredericka, del Queendom. Aquel es Victor, tiene una gran inteligencia, y es natural. Su poder le permite almacenar objetos en su interior como una bolsa infinita —dijo, señalando al hombre que tomó a Mickael de rehén—. Roger, puede crear ondas expansivas —señalando al hombre robusto que había a su lado—, en sus manos tiene a Kayla, la que congela el tiempo. Abajo, Bry, puede hacerse invisible —señalando al hombre que estaba en las escaleras, pero que había desaparecido—. Saliendo de abajo, los prisioneros de Mickael, algunos incluso, hijos de él… ¡Estén alerta!

Galeano fue golpeado luego de terminar su oración. Fue como un puñetazo invisible. 

—¡No importa, sólo síganme! —dijo.

Y disparó su gancho al suelo, donde posaba el enemigo encima del castillo. Los tres subimos hasta allí, estábamos de frente y a pocos metros del rey. Pero el enemigo ya se había preparado, el hombre robusto dio una palmada que me empujó a mi y a Irys hacia abajo, cayendo duramente a los escombros y sobre el fuego. Irys cayó conmigo, pero su cuerpo pareció ser empujado y disuelto como gas ante una fuerte brisa, deteniéndose a media caída y volviendo a formarse de vuelta arriba. No sentí ni el más mínimo dolor al caer, y con todas las fuerzas y adrenalina, disparé y volví a subir.

Irys había apresado a Roger, mientras que Galeano tenía su gancho incrustado en la carne de Victor y con su revólver apuntándole en la cabeza. Aquél gritaba, intentaba llevarse la mano que tenía desocupada al estómago donde se encontraba el gancho desgarrandole el abdomen, pero Galeano se la detuvo al instante.

—¡¿Creen que hace falta matarlos?! —exclamó Galeano.

—¡¿Galeano…?! ¡¿Te has aliado con Mickael?!  

Victor soltó la mano en la que tenía ahorcado al rey, se agachó y disparó sus proyectiles. 

Algunos explotaron, otros largaron humo. Victor había retrocedido varios pasos, sacó un puñado de proyectiles anaranjados y en vez de lanzarlos, se los llevó a la boca y se los comió dejando escapar una risa.

El rey cayó de rodillas, débil e intentando respirar. 

Disparé contra Victor instintivamente, y al mismo tiempo lo hizo Galeano. De un salto él logró esquivarnos a los dos y cayó cerca del rey, aprisionandolo una vez más. Irys, de un movimiento feroz de sus brazos, mandó a volar a Roger, lanzándolo lejos, fuera de las murallas, y se abalanzó hasta Victor. Éste esquivó la primera carga de Irys, pero al ser tan veloz, ella logró lanzarse contra él una vez más y agarrarlo, tirándolo hacia abajo, cayendo los dos hasta el piso del castillo.

Kayla, la cual estaba aprisionada por Roger, cayó de rodillas al suelo, casi inconsciente. Débil, se levantó poco a poco, con sangre por todo su cuerpo y su rostro, levantó las manos y observó el cielo. Parecía estar canalizando algo. Las decenas de clones de aquella estatua humana se dirigieron hacia donde cayó Irys.

—¡Maldita sea! —dijo Galeano—. No lograremos nada. hablaremos con Fred, ¡vamos!

Disparó su gancho y se desplazó hasta las puertas de la corona gigante.

¿Qué hay de Irys?, quise preguntarle, pero no tuve tiempo. Al voltear a donde había caído ella, lo único que veía era una polvareda y varias siluetas de los clones de Bound alrededor. Delante, por donde las puertas de la corona, se veía un resplandor celeste, era el ejército del enemigo que ya estaban con nosotros. Galeano y yo nos detuvimos cerca de la muralla. De nuestro lado se encontraban algunos clones más de aquel hombre estatua y a Jean manipulando varios escombros y arrojandolos hacia el ejército celeste, el cual al recibir golpes se deformaban y disolvían, como si fueran líquidos y gases, y se volvían a formar, parecido a lo que le ocurre a Irys.

—¡No opongan resistencia! —exclamó una voz que provenía de entre el ejército.

De pronto, desde la apertura de la muralla dorada, ésta, la propia muralla, se dobló como si fuera de goma. Una gran parte de ella se estiró hacia el frente, y luego se desprendió y cayó al suelo en un sonido seco.

—¡¿Qué mierda?! —gritó Jean, la cual, al igual que nosotros, se apartó lo más rápido que pudo antes de que el pedazo de muralla le cayera encima.

La vista, ahora que gran parte de la muralla fue destruida, era más amplia. Vi los escombros lejanos de las casas deformarse, avanzar al raz del suelo en forma de pinchos, y luego alzarse al cielo para caer cerca de nosotros. Arriba de estos pinchos cayeron una mujer y un hombre; ella era robusta, con un pecho que destacaba, vestida de un ropaje oscuro y violeta y con decorados puntiagudos en el cuello, llevaba tacones y tenía un pelo marrón corto, en forma de hongo. Al lado, el hombre, el cual iba vestido con ropa muy ajustada y de color azul oscuro, lucía una extravagante camisa, la cual dejaba al descubierto su pecho, formando un rombo, dejando ver sus tetillas. También llevaba tacones, pelo negro que le llegaba hasta los hombros, y su cara parecía cuadrada, con la mandíbula bastante pronunciada.

El hombre se inclinó hacia el suelo y lo tocó con sus dos manos abiertas, y luego se volvió a erguir. De sus manos, luego de tocar el suelo, empezó a desprenderse un humo celeste, el cual dejaba atrás una estela onírica, mágica.

—Te vi a lo lejos, Gali —dijo el hombre—, y decidí, en mi impaciencia, deseosa, venir a verte. Siempre es un placer—

El hombre fue interrumpido por Jean, la cual abalanzó sus escombros flotantes hacia él.

—¡Muérete! ¡Maldito trastornado! ¡Enfermizo...! —gritó con gran fuerza y una voz desgarradora, pero claramente debilitada por las heridas que tenía alrededor de todo su cuerpo.

El hombre alzó la mirada y miró los objetos que se dirigían volando hacia él. Levantó las dos manos frente a sí, y de a uno, los escombros se convertían en polvo celeste al tocar sus manos.

Pensé en que quizás él tendría algo que ver con el rastro azul que se extendía por el mundo, aquellas franjas azules y enfermizas.

—Descansa cariño… luego veremos si te perdono la vida… pero ahora es más importante tu papi —dijo seriamente.

En su voz, la del hombre, se notaba una especie de ironía, como si hablase sensualmente.

La mujer que estaba al lado de él, levantó sus manos y alrededor de Jean, el suelo se deformó y se enredó en la hija del rey, apresandola. Jean logró maldecir a los dos, apenas dijo unas pocas palabras, que las raíces se estiraron y le taparon la boca.

—Calla esa boca sucia que tienes —dijo la mujer robusta.

El hombre con el pecho al descubierto se acercó a Galeano, pero estando ya a menos de un metro, Galeano en un fugaz movimiento preparó su revólver, le quitó el seguro y apuntó directo en la cabeza del hombre.

Aquél se detuvo, y alzó sus manos levemente, dejando ver una ligera sonrisa en el rostro.

—No me trates así, cariño…

—¿Ahora matas inocentes? —masculló Galeano.

El hombre miró a sus alrededores y bajó lentamente sus brazos.

—Este reino… está corrompido —respondió con disgusto. 

Detrás nuestro, la batalla iba callando su ruido gradualmente. Patrick, el hijo del rey, se encontraba tirado en el suelo y con un charco de sangre que pintaba el pasto. El demonio al cual se enfrentaba, iba tomando una forma humana a medida que se acercaba a un paso lento hacia nosotros y cerca de él también se encontraba Irys, inconsciente. La estatua humana también se encontraba en el suelo, a lo lejos, cerca de los restos del castillo, y no había ninguno más de sus clones. En dirección a nosotros, caminaban Victor, el cual sostenía al rey del cuello con una sola de sus manos, y a su lado, Bry, sosteniendo a Kayla. Victor había cambiado su forma, se veía mucho más musculoso, alto y robusto. 

Galeano intentó decir algo, pero en el mismo momento en que abrió su boca, un fuerte estruendo sacudió la tierra, fue una sucesión de explosiones que sonaron muy, muy cerca de nosotros. Cayeron cuatro rayos.

Todos los que estábamos, instintivamente nos encogimos de hombros e intentamos ver qué había ocurrido. Allí, como por arte de magia, aparecieron cuatro formas humanas a caballo. Tenían una forma espectral de un color blanco, rosado y celeste. No tenían rostro y sus cuerpos parecían hechos de un millar de pequeños relámpagos. Cada uno portaba un arma diferente; un gran martillo, un hacha doble, una espada, y una lanza.

—Vaya forma de intervenir, hijos de puta… —dijo el hombre con el pecho al descubierto.

Todo el equipo enemigo que teníamos detrás, dejaron lo que sea que estuvieran haciendo, Victor y Bry soltaron a sus presas, y junto con el resto, se dirigieron presurosos y atacaron a las figuras que habían llegado.

Los hombres apuraron a sus corceles con un latigazo de sus riendas, al hacer ese gesto, pequeños rayos se vieron y un ruido eléctrico se escuchó de cada caballo.

Los dos ejércitos embistieron entre sí, el de martillo dio un golpe en el suelo y sonó un ruido desastroso, aturdiendo brevemente a sus adversarios. El resto aprovechó que bajaron sus defensas y atacaron. Uno de ellos, el de lanza, se disolvió luego de que una ráfaga de pinchos que salieron del suelo, deformandose, lo atracaron. El de espada dio un giro y de la punta salió un rayo que impactó a Víctor, tirándolo hacia atrás varios metros, dejándolo inconsciente. Luego, dando un giro en su caballo, ya avistando a su próxima víctima, bajó su espada en dirección al hombre demonio, el cual lo esquivó de una voltereta y al ponerse de pié se convirtió en una especie de demonio y embistió al caballero. Fue como si dos muros de humo se atacaran entre sí, el demonio, con sus manos abiertas, saltando y en un intento de atraparlo, atravesó al corcel, y este se esfumó momentáneamente, para luego retomar su forma, y en el demonio resplandecieron mil rayos que se esparcieron por su cuerpo, pero no parecía haber recibido daño. 

Mientras sucedía todo esto, el hombre al que apuntaba Galeano con su revólver se acercó hasta la batalla, y una vez quieto, desplegó de sus manos varios orbes celeste en dirección al caballero de la espada, pero, de un salto del caballo, el que portaba un hacha se interpuso, agitó su hacha de un lado a otro, atrapando los orbes los cuales al entrar en contacto con el arma eran transformados en electricidad que se esfumaba al instante.

Observaba todo ese desastre, totalmente quieto en mi posición, intentando no llamar la atención.

Hacia un lado, Mickael se acercaba gateando hacia Kayla. De su boca caían gotas de sangre, y su ropaje dorado y plateado ahora era color escarlata. Puso sus manos en los hombros de Kayla y la levantó, la agitó repetidamente, intentando despertarla. Pero no hubo respuesta. En ese instante, el rey se puso de pié, y mientras ocurría la batalla entre los caballeros y el enemigo, Mickael comenzó a agigantarse.

En pocos segundos había alcanzado al menos cien metros, y mientras el resto estaba distraído, mientras seguía creciendo y creciendo, se dejó caer entre la batalla.

Todo su peso cayó de lleno al suelo, la tierra se sacudió frenéticamente, una polvareda inundó la zona, varias rocas y escombros salieron volando y se escuchó un último ruido, el de él cayendo al suelo, antes de que todo quedara en silencio.

Seguía atónito, pero tal escena me hizo retroceder inconscientemente varios metros. 

—¿Qué ocurre? —dije susurrando, con una voz quebrada.

Pero no había acabado, Mickael volvió a levantarse, y la que aún seguía cerca de nosotros, aquella mujer, alzó sus manos y el suelo cerca de Mickael comenzó a enredarlo inútilmente. Él se puso de pié, sin siquiera molestarse por lo que sea que estuviese debajo suyo. Éramos insignificantes ante semejante y abominable titán de al menos mil metros de altura.

Allí se quedó quieto, unos segundos, con sus brazos colgando y sangre cayendo que al salpicar podían pintar una mansión entera. Alzó la mirada y levantó su brazo derecho hacia el cielo. Abrió su mano, y entregó su palma a las nubes, de las cuales cayeron varios objetos que fueron a parar a su mano.

Vi, alzarse cerca de los tobillos gigantes del rey, una figura, aquel hombre de manos celestes, las cuales, levantándose a duras penas, las apoyó sobre la piel del rey y desde dentro de sus tobillos, comenzó a salir la misma silueta de Mickael, gigante, pero de color celeste, espectral, como aquél ejército azul. Primero su talón, luego su pierna, y pronto una copia celeste del rey, detrás de él mismo, se terminó de formar.

Agarrando la nueva figura por el talón con sus dos manos, gritando fuertemente, haciendo un visible gran esfuerzo, el hombre la desplazó hacia abajo, haciéndola caer al suelo como una pluma, y al mismo tiempo, haciendo caer al rey, con todo su peso, el de quizás mil toneladas, al suelo, dejando un cráter que lo hundió muy profundo.

Todo se había acabado. La fuerza con la que cayó fue tal, que su cabeza destruyó las montañas detrás del reino, dejando un polvo terrible. Su cuerpo removió los suelos y levantó la gran corona-muralla momentáneamente al caer. No había señal de guardias, ni de personas, habitantes, animales, alguien que haya sido una vez de este reino.

La onda expansiva nos hizo retroceder y caer varios metros hacia atrás. Quedé tendido en el suelo varios minutos, no podía alzar la vista, ya que la tierra y el polvo aún volaban por todo el lugar.


Agustín D.

Comments

There are no comments yet, be the first!

You must be logged in to comment

Log in