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Pasos al costado. ¿Qué tienen en común un disco, un libro y una pintura?

Apr 29, 2026

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Pasos al costado. ¿Qué tienen en común un disco, un libro y una pintura?
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Parte 5:

Blue Dream.

Capítulo 2.





El interior estaba débilmente iluminado por una tenue luz amarilla de un farolito colgando de un pilar de madera. La débil luz dejaba ver un sillón deshecho por el tiempo, una barra de madera la cual actuaba de separación entre lo que parecía la cocina y el living. Había estanterías, muebles, una chimenea y una mesa con dos sillas muy sucias y en mal estado.

Apenas entramos, el hombre delgado cerró la puerta tranquilamente y detrás nuestro se escuchó el ligero golpe de la puerta contra el marco.

—Tranquilos. cerraré para descansar un rato de la bruma… —dijo el hombre, al ver que nos habíamos alarmado debido al ruido—. Pueden dejar sus pertenencias por aquí.

Apoyamos nuestras mochilas a un lado de la puerta, donde nos había señalado.

A pesar de que ya no había tanta bruma, en el ambiente aún se respiraba humedad y polvo, y era inquietante estar a solas, en la penumbra, iluminados tan sólo por un farolito en toda la cabaña.

Los dos hombres apoyaron sus cañas y las cubetas en el mismo lugar, en una pared cerca del farol.

—Ahh, hoy me he aburrido… —dijo el hombre gordo—. ¿No te ha pasado a ti? Siento que las horas no pasaban nunca más.

—Como siempre… como siempre… ¿Tienen idea de la hora? —respondió el segundo.

—¿La hora? Deben ser las diez de la mañana, si no me equivoco —respondió Galeano.

—Ya veo… ¡va, tomen asiento! —dijo el hombre gordo, mientras tomaba asiento en una de las dos sillas.

Su amigo se sentó en la otra silla. Irys, Galeano y yo, cruzamos miradas, y no dijimos nada. 

—Si, si… por ahí —dijo el hombre, señalando desganadamente con sus dedos hacia el suelo, en ningún lugar en particular.

Se escuchó un ruido repetido del rechinar de las maderas en lo que tomábamos asiento en el duro e incómodo suelo, hasta que de pronto el ruido cesó y la cabaña quedó en silencio.

—¿Aún no nos han dicho sus nombres, les importa? —dijo Galeano.

—¿¡Eso es cierto!? —vociferó el hombre gordo, dirigiendo la palabra a su amigo.

—Eso creo… —repuso el segundo, con una expresión de duda.

—¡Pues qué modales! Mi nombre es… —antes de decirlo, se llevó una mano y tosió ligeramente—. Raúl. Y aquí mi compañero, amigo de toda la vida… Daniel —terminó de decir con una forzosa expresión de amabilidad y sonrisa en su rostro, la cual se apagó apenas terminó de hablar.

—Un gusto —dijo Daniel.

—Un gusto —repitió Galeano.

Lo mismo dijimos Irys y yo, pero de manera dudosa y prácticamente susurrando, como si tuviéramos miedo al hablar.

—Será sólo un momento y luego nos iremos… así que por favor… —empezó a hablar Galeano.

—¿¡Se irán!? ¿No querrán esperar a que cocine esa deliciosa carne de carpincho y la disfrutemos todos juntos? —inquirió Raúl—. Relajense un momento, y dejen que Daniel y yo cocinemos por ustedes, estarán cansados de seguro. Ustedes ponen la carne y nosotros la cocinamos y les servimos un poco de agua, todos salimos ganando, ¡y les aseguro que nuestra carne sale del fuego como una maravilla...!

La habitación quedó en silencio durante unos segundos, alcé las cejas y giré mi cabeza en un claro gesto de duda y disgusto, Irys estaba igual de sorprendida que yo. Galeano se quedó mirando fijamente a Raúl y luego esbozó una sonrisa en su rostro.

—Jajaja, ¿Bara? No es para cocinar ni para vender, no es otra cosa más que nuestra compañera.

Los dos hombres pusieron una cara seria.

—Un carpincho…

—Como mascota…

Dijeron agitando sus cabezas de arriba hacia abajo, levemente.

—Bien —dijo Raúl, levantándose de la silla—. Supongo que cocinaré lo que pescamos hoy.

Luego de levantarse, se dirigió a una de las cubetas y sacó de ella un pescado que debía medir unos veinte centímetros

—Al menos hoy pescamos algo… —dijo Daniel.

Este último también se paró, se dirigió a la chimenea y arrojó dentro un par de leñas.

La habitación se mantuvo en silencio en lo que los dos hombres hacían el fuego y preparaban el pescado.

—¿Por qué aún seguimos aquí? —susurró Irys, apegada a Galeano.

Galeano en dado momento se levantó y comenzó a caminar vagamente por la habitación, observando los objetos que había en los muebles, y hablando en voz leve.

—Se nos hace tarde, señores. Les agradecería si… —Galeano se detuvo un momento al toparse con un mueble que exponía un par de libros y algunos cuadros, los examinó, y luego prosiguió—. Si… nos cuentan sobre… bueno, lo que ocurrió aquí hace unos años.

El hogar se había encendido e iluminó por completo la cabaña, dejando derramar nuestras macabras sombras sobre las paredes. Raúl, que había empalado el pescado en un palo arriba de la fogata, apartó sus manos del fuego y se irguió tranquilamente. Daniel estaba junto a él, y al igual que su compañero, nos volteó a ver con duda y rechazo.

—Aventureros en busca de lo desconocido… —susurró Raúl—. Vagan por tierras inhóspitas, devastadas, esperando… ¿¡Qué!? ¿¡Morir?!

Su cara se había tornado muy grotesca y se había acercado varios pasos hacia Galeano.

Los dos estaban de frente, un suspenso inundó la habitación, el ruido de las chispas de la fogata me alertaba cada segundo.

—¿Y qué obtendremos a cambio?

—Comida y bebida… —repuso Galeano, levantando su brazo y señalando con su mano abierta hacia nuestras mochilas.

Me pareció una idea terrible, ya que no contábamos con muchas raciones.

Raúl accedió sin problemas, le pidió a Daniel que cocinara el pescado y luego tomó asiento.

—Bien —dijo—. Pero no comerán del pescado que estamos cocinando... sólo alcanzará para nosotros dos, espero y sepan entender.

—No es problema —repuso Galeano.

Raúl se acomodó en la silla de tal manera que ahora se encontraba de frente a la mesa, como si tuviera un asunto pendiente. Apoyó sus gruesas manos en el mueble y empezó a hurgar entre los trozos de tela y mugre. Luego de unos segundos, sacó de la pila de basura una pipa mugrienta y un pequeño tarro. Olió unos segundos de la abertura, luego tomó un puñado del contenido, y lo fue colocando en la pipa. Suspiró, se levantó y se dirigió a la chimenea donde tomó un pequeño trozo de madera y encendió la pipa. Luego, colocando la pipa a un costado de su boca, volvió a tomar asiento.

Galeano suspiró impaciente, pero fue extrañamente tranquilizador verlo preparar la pipa.

—El asunto se remonta a unos seis años atrás… —empezó a explicar mientras fumaba su pipa—. Como quizás ya saben, antes, este lugar era bello y lleno de vida. El reino del Marcus era el lugar por excelencia para hacer turismo y venir a vacacionar. Pues, un día sin más, de repente, escuchamos un fuerte estruendo, una explosión. Nosotros, como de costumbre, estábamos pescando en el muelle, era más o menos esta misma hora cuando sucedió. Todos los que estábamos aquí nos dimos la vuelta, y presenciamos una pesadilla salida de un cuento. El horizonte, por donde se encuentra el reino del Marcus, se tornó azul, era un humo que se aproximaba hacia aquí y que pronto abrumó todo alrededor. No sabíamos qué hacer, hacia dónde huir… el humo, me acuerdo aún de aquel día, el humo al impactar con este pequeño poblado, rompió vidrios y empujó todo a su camino. Era un humo doble… como decirlo… detrás de este humo, estaba la sustancia, espesa y enfermiza, que impregnó las tierras con su veneno. ¿Cómo va eso? —Raúl interrumpió su historia y giró su cabeza hacia Daniel.

—Ya casi… estará en unos minutos.

—Bien —tosió momentáneamente, fumó su pipa, largó el humo y prosiguió—. La bruma fue tal, que todo se nubló de repente. Muchas personas cayeron inconscientes, nosotros no tuvimos más remedio que resguardarnos en nuestras cabañas. Hubo un silencio espantoso durante horas. Muchas personas, la mayoría de ellas, decidieron huir. Pero nosotros junto con algún que otro vecino, nos quedamos, porque no queríamos perderlo todo. Con el paso del tiempo nuestros vecinos murieron. ¿Alguna vez han probado carne humana?

Nadie respondió. Daniel había girado su cabeza y estaba observándonos.

—Pues es bastante deliciosa. Quizás era que teníamos mucha hambre, pero verdaderamente era deliciosa, y ligeramente agria, pero pensamos que eso era por efecto de la bruma. Como sea —Raúl se acomodó en la silla y tosió—. Aquel día vivimos en persona las tinieblas cernirse sobre nosotros, creíamos que sería el fin del mundo. Tapamos como pudimos cualquier grieta en esta cabaña. Intentamos de todo, pero la sustancia entraba por cualquier pequeño lugar que encontraba. 

El fuego de su pipa se había acabado, interrumpió su historia para levantarse de la silla y dirigirse de nuevo a la hoguera. Un escalofrío recorrió mi espalda, me había quedado hipnotizado escuchando la historia, viendo fumar su pipa, que cuando paró y se levantó de repente, me asustó. Estábamos expectantes, esperando a que volviera de encender su pipa para sentarse y seguir narrando la historia, pero en cambio, tanto él como Daniel, se sentaron a comer. Daniel apoyó el pescado en un trozo de madera y lo dejó en la mesa. 

—Ahora comeremos —vociferó Raúl con una voz ronca y grotesca, mientras apoyaba todo su peso en la silla.

Y empezaron a devorar el pescado, que duró sólo unos segundos. Apoyaban sus gordas manos en el pescado, arrancando trozos de carne y llevándoselos a la boca, mientras gemían y hacían ruidos incómodos. Nosotros nos habíamos levantado y nos quedamos haciendo la vista gorda, arrugando la cara. Al terminar, es decir, al cabo de no más de diez segundos, se chuparon los dedos y eructaron, estaban tan satisfechos como si hubieran comido en un banquete de reyes.

—Ya —dijo Raúl, levantándose de la silla—. Ahora denme lo que nos prometieron, ya nos iremos a echar la siesta…

Extendió brevemente su palma apuntando en dirección a Galeano. Luego de ver que Galeano no respondía, sin importarle, se dirigió a nuestras mochilas y las agarró. Galeano lo interrumpió y le pidió amablemente que bajase las mochilas. Galeano sacó de ellas un par de latas de comida y dos cantimploras de agua. Raúl agradeció con un gesto forzado y una voz desganada, y luego nos abrió la puerta. 

Al momento de ver a Galeano ofrecerles nuestras provisiones, me invadió una angustia, una sensación extraña, un mal sabor de boca. Galeano tomó en brazos a Bara y se detuvo un momento.

—Disculpen —interrumpió—, no nos han dicho sobre qué o quien produjo este accidente, esta bruma… eso estamos buscando… ¿Tienen información?

Raúl nos estaba empujando levemente hasta la puerta, extendiendo sus brazos, dejándonos lugar sólo a las afueras, a la bruma.

—Sigan por allí —señaló con su dedo hacia la costa—, rodeen el pueblo, no intenten ir de aquí directo hasta el Marcus… sigan por la costa y llegarán a Har Bay. Allí con suerte encontrarán a alguna que otra persona viva y quizás puedan preguntarle. Si para entonces aún juegan a ser aventureros, entonces pueden dirigirse al Marcus y morir allí. Nosotros estamos muy ocupados muriendo aquí. Si siguen mis direcciones, encontrarán, quizás, las respuestas que buscan… o la muerte -dijo por último, y cerró la puerta con una considerable fuerza.

Una vez más, sentimos en nuestra piel y olimos en el ambiente, esa fría, húmeda, sucia y enfermiza bruma.

Me llevé las manos a mis antebrazos instintivamente, abrazándome, sentí un frío repentino.

—Nuestra comida… —susurró Irys.

—No importa. vamos —repuso Galeano.

Y empezó a caminar en dirección a la costa. Apenas dio unos pasos, nosotros le empezamos a seguir antes de que desapareciera de nuestra vista.


Agustín D.

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