Pasos al costado. ¿Qué tienen en común un disco, un libro y una pintura?
May 2, 2026

Parte 5:
Blue Dream.
Capítulo 4.
La ciudad terminó pronto. Luego de al menos una hora caminando llegamos a topar con pasto y campo que pronto se convirtió en bosque. Allí descansamos unos minutos para comer y beber, sólo unos minutos… nos repitió Galeano, sólo unos minutos.
Al parar de caminar y empezar a sacarnos las pesadas mochilas de encima, sentimos un repentino dolor de cabeza, como si hubiéramos estado corriendo veinte kilómetros y parásemos de repente. El dolor fue tan insoportable que decidimos reanudar el camino e ir comiendo y bebiendo mientras caminábamos.
—¿Cuánto falta, Gali? —preguntó Irys, con una voz furiosa.
—Llegaremos pronto… aguanten un poco más —respondió.
El frondoso bosque con sus pinos y helechos flacos y casi sin hojas daban un toque más aterrador. El crujir de las hojas secas a medida que caminábamos nos alertaba constantemente de un posible peligro. La tranquilidad, interrumpida sólo por los quejidos de dolor y los tosidos, eran un llamado claro hacia cualquier criatura que pudiera haber en el bosque.
Cuando voltee a ver a Irys, ella estaba con sus dos manos apoyadas y acariciándose la cabeza, sus cuernos habían crecido un poco y su pelo blanco perdió ligeramente su color, desde las raíces de su cabello empezó a segregar y pintar su cráneo una especie de pintura negra. Íbamos siguiendo a Galeano sin ningún tipo de dudas ni desconfianza. Él jamás sacó su mapa para ubicarse, pero aún así parecía firme y decidido hacia donde iba. Hasta que luego de un rato caminando, inesperadamente debido a la bruma, nos topamos con el final del bosque. Delante nuestro, muy a lo lejos, se apreciaban figuras oscuras y deformes.
—Es allí… la ciudad… el antiguo Marcus —mencionó Galeano.
La neblina se había vuelto mucho más densa y azul. Comencé a sentir como mis ojos pesaban y me pareció tener ojeras.
—Sólo un poco más…
Pensé en que no lo lograríamos, aún teníamos que adentrarnos en la ciudad y tratar de encontrar el disco, si es que había uno, y luego salir. Incluso Bara se empezó a sentir mareada, sus pasos eran cada vez más lentos y pesados, se la veía agotada. En cierto momento Galeano decidió llevarla en brazos dado que no podía seguirnos el ritmo al que caminábamos. Las figuras oscuras se iban agrandando a medida que nos acercabamos. Pronto, descubrimos que las figuras eran escombros y ruinas de las casas y construcciones de la ciudad. Me sentía confundido y con más náuseas. Cada pocos pasos apretaba mis manos y los dedos de mis pies para tratar de dejar de sentir dolor y concentrarme. Dentro mío surgían nuevas energías, como si fueran mis últimas fuerzas para intentar sobrevivir, que se esfumaban al poco tiempo, y volvía a decaer, y a intentar reunir fuerzas de algún lado, intentando no caerme rendido. Mi vista se empezó a difuminar y perdí la concentración. Cerré los ojos, y luego, muy lenta y suavemente, sentí mi cuerpo rendirse y caer en un mar de plumas y algodón. Me sentí dormido, pero a la vez consciente. A lo lejos, de manera celestial, onírica e increíble, escuchaba una voz aguda que se iba intensificando. Cada vez lo escuchaba más claramente, era un quejido. Pensé en que aquello que hacía ese ruido era un ángel, debido a lo hermoso y a la vez inquietante de su ruido. No sé qué habrá pasado, pero cuando abrí los ojos, estaba de pié, delante mío estaba Galeano con su mano apoyada en mi hombro y me hablaba, pero no lograba entender nada de lo que decía.
Abrí grande mis ojos y me quedé sin palabras; la bruma se había casi dispersado, pero aún se lograba ver la neblina azul y danzante a nuestro alrededor. El dolor de cabeza y las náuseas habían calmado un poco. El paisaje se tornó blanquecino y los escombros, árboles y demás cosas aún seguían allí, pero eran casi imperceptibles, como si mi vista los rechazara, como si ahora mismo no fuesen de importancia. En cambio, delante, lo que había y en lo que teníamos nuestra vista encima, era un cementerio.
De aquel cementerio la voz aguda seguía en pena, quejándose intermitentemente, empezando suave y aumentando el volumen de su voz para luego de un rato volver a calmar y agravarse.
Irys se había calmado y su apariencia ahora era más normal. Ella junto con Bara estaban al lado mío, Galeano aún seguía concentrado en mí y tenía una mirada preocupada.
—¿Estás? ¿Me escuchas? —me dijo, y le pude escuchar.
—Sí... —respondí—. ¿Cómo llegamos aquí?
Nadie supo responderme, nuestras miradas estaban confusas y nuestros rostros tenían dudas. Parecía que los cuatro, incluyendo a Bara, caímos en una especie de sueño o trance y llegamos hasta aquí caminando sonámbulos. O quizás algo o alguien nos había arrastrado.
Galeano nos tomó de los hombros y empezamos a caminar despacio hasta el cementerio. Irys opuso resistencia y se apartó. Pero no dijo nada, su mirada estaba perpleja ante el cementerio y el llanto que provenía de él. Estaba atónita debido al brusco cambio del paisaje y la duda de saber quién nos trajo. Pero seguro que tanto para Galeano como para mí la duda y el asombro era el mismo.
Galeano pudo convencer a Irys de caminar hacia adelante. Me soltó su brazo del hombro y caminó junto con Irys con sus dos manos apoyadas en ella.
El cementerio estaba rodeado por rejas en mal estado. Sin mucho esfuerzo logramos escabullirnos dentro por un hueco. El suelo iba obteniendo una ligera elevación a medida que nos adentrabamos, como si estuviéramos yendo hacia la cima de una pequeña montaña. No había nada verde alrededor, nada vivo, ni siquiera pasto. La tierra estaba muerta, completamente infértil, y oscura. Había esparcidas por todo el lugar lápidas de diferentes diseños. Algunas estaban en su lugar y un poco rotas, otras estaban totalmente destruidas y con sus restos esparcidos por el suelo. Algo que nos llamó la atención era que varias de las tumbas estaban ultrajadas, es decir, los esqueletos estaban fuera de su lugar y con sus huesos también esparcidos. Había varios huecos de tierra cada pocos metros, algunos cráneos y huesos estaban ubicados de tal manera que parecían formar un ritual extraño, por ejemplo, tres cráneos ubicados uno encima el otro; todo un esqueleto humano desmantelado, y puesto cada hueso hasta el más pequeño uno al lado de otro, como si fuera una exposición.
Éramos guiados por el quejido, que se agravaba y se agudizaba a cada segundo. La voz alcanzaba un rango increíble, podía llegar a ser tan grave como el ruido de una ballena o tan agudo como un silbido. El quejido se fue intensificando, pareciendo de a ratos un llanto de terror y súplica. Aún no entendíamos cómo es que allí dentro del cementerio la bruma parecía haberse disuelto, como formando un círculo libre de espesa y enfermiza neblina azul. El entorno parecía onírico debido al tono gris blancuzco que había en él. Pronto logramos distinguir una figura a lo lejos, tendida en el suelo, era la fuente del ruido. Aquello era lo único que se movía y parecía tener vida además de nosotros. La figura era la de un hombre, que levantaba sus brazos desganados y los giraba levemente en el aire, los balanceaba y ondulaba suavemente al son de su melodía. Nos detuvimos a pocos metros de él, y no se había percatado aún de nuestra presencia. Estaba acostado a un lado de una lápida con varias flores marchitas y restos de pétalos muertos. La lápida estaba en buenas condiciones a diferencia del resto, pero la tierra estaba totalmente excavada y con el difunto fuera de su lecho. El esqueleto yacía al lado del hombre. Alrededor de él se encontraban varias herramientas, como palas; cuchillos, sierras, martillos, hachas, y demás objetos contundentes. Pero eso no era lo más extraño, algo que nos llamó aún más la atención era la gran cantidad de vestidos y elementos de maquillaje que habían alrededor del cadáver. Los vestidos estaban en su mayoría sucios de tierra y polvo; los habían de todos colores, blancos, negros, amarillos, azules, verdes, rojos… y el maquillaje estaba dispersado por todo alrededor de la lápida y el esqueleto. Además, había esparcido por todo el lugar varias latas de comida y cantimploras vacías.
Galeano dio unos pasos hacia adelante, entonces, el ligero ruido de sus pisadas alarmó al hombre. El hombre abrió los ojos y miró hacia todos lados hasta que nos vio. Apagó su quejido repentinamente, su mirada se agrandó y se levantó del suelo apoyándose con sus manos. Nos empezó a ver con la vista entreabierta y confusa, parecía haber visto un alienígena. El hombre estaba manchado en su totalidad con la tierra y el polvo, aún así, a pesar de tener una apariencia peor que la de un vagabundo, parecía ser joven. Tenía el pelo negro, largo, pajoso y duro. Su ropa estaba harapienta y aún más sucia estaba su piel. Su pecho sólo estaba cubierto por tirantes que salían de su pantalón rotoso.
—Una disculpa por aparecer de repente —le dijo Galeano—. Mi nombre es Galeano, Jim, Irys y Bara —dijo, presentándonos—. ¿Y usted es…?
El hombre se había quedado atónito, su vista estaba centrada en nosotros y su cuerpo había empezado a temblar. No se movió por unos segundos, hasta que lentamente sus pies empezaron a dar pasos hacia nosotros, y sus manos se alzaron y las puso de tal forma que parecían contemplar lo que tenía delante. Se dirigió a Galeano, y él se dejó tocar. El hombre apoyó sus manos en el pecho de él y susurró una palabra:
—¿Personas?
De sus ojos empezaron a brotar lágrimas, sus pies se rindieron y cayó al suelo. Galeano se agachó y puso sus manos en él.
—¿Qué haces aquí? ¿Quién eres? —dijo Galeano con una voz leve.
El hombre mantuvo su llanto durante al menos un minuto. Su cara se puso roja y grotesca. Lloraba desconsolado. Mocos empezaron a salirle de la nariz y él se limpiaba con sus manos sucias llenas de tierra. Galeano trató de tranquilizarlo apoyando un brazo en su hombro y acariciándole la espalda, y eso pareció calmarlo.
—¿Qué hacen aquí? ¡¿Vienen a ayudarme, al fin?! —dijo el hombre cuando por fin pudo hablar, limpiándose las lágrimas de su cara.
—¿Ayudarte? Venimos a por un disco que hay, o había aquí en el reino… además de, claro, encontrar la fuente de toda esta bruma. ¿Eres tú? ¿Eres tú el responsable? —respondió Galeano.
El hombre cambió su expresión bruscamente, y en su cara se dibujó una ira repentina.
—¡Si no van a ayudarme, larguense!
—¿Ayudarte con qué? —repuso Galeano.
El hombre apretó fuertemente sus manos y sus pies.
—Mi mamá —dijo señalando al cadáver que había cerca—. Traiganla de vuelta. Me ofrezco como sacrificio si así lo quieren… si es que pueden matarme. Y si no pueden traerla de vuelta, mínimamente, por favor —dijo, y comenzó a sollozar—, matenme. Encuentren la forma, pero matenme.
El hombre volteó su mirada y se quedó viendo al esqueleto que había en el suelo.
—Ya veo… tu habilidad, tu habilidad te hizo inmortal -dijo Galeano, levemente.
El chico se volteó hacia Galeano y suspiró.
—Nunca pensé, que la parte mala sería ser inmortal. Pero sí. Tal parece que sí, no puedo morir. Y yo sólo quiero estar con ella… pero no así… no aquí… llévenme, llévenme al cielo, a un paraíso, adonde sea que van los muertos, donde sea, así sea el infierno, pero quiero estar con ella.
Su respiración se volvió más frenética y profunda. Se acercó arrastrándose al cadáver de su madre y apoyó una mano encima de ella.
—¿Cómo te llamas?—dijo Galeano.
El hombre se llevó las manos a la cabeza y se retorció en el suelo.
—¡Qué les importa! ¡Maldita sea…! Alguien tiene que haber. ¡Alguien debe poder revivir a mi mamá! Ustedes pueden… ¡ustedes pueden o conocen a alguien… diganmelo!
Irys y yo retrocedimos hacia atrás, pero Galeano mantuvo postura.
—Nunca he conocido a nadie que pueda devolverle la vida a alguien… ojalá —murmuró Galeano—, ojalá y exista también alguien que pueda acabar con…—
Galeano se detuvo a mitad de la frase y miró fijamente a los ojos del hombre durante unos segundos, luego, le dijo en voz baja:
—...Acabar con el sufrimiento eterno.
El hombre torció ligeramente su cabeza hacia un lado, y pareció observar con detenimiento a Galeano.
—No… —respondió con una voz quebradiza—. ¿Tú también sufres de esta maldición? Entonces, estamos juntos en esto… ¿no? Tú también buscas a alguien que pueda…
—No. No busco a nadie y no creo que exista o pueda existir alguien así. Alguien que sea la cura a esta maldición —replicó Galeano.
—¿Qué maldición? ¿De qué hablan? —intervino Irys.
Galeano suspiró y alzó la voz
—Nada Irys, no importa —gritó—... perdón por gritar —dijo, dándose cuenta de que se había exaltado de repente.
Irys se sorprendió, y en su cara se formó una expresión de tristeza. Me acerqué a ella y la abracé intentando tranquilizarla.
—No es nada… él tiene sus motivos —le dije.
Y no respondió. Retrocedí un paso y solté mis brazos de ella. Su cara aún reflejaba angustia y se la veía confundida, pero no podía hacer nada para calmarla.
—¿Cuántos años es que has vivido? —le escuché decir al hombre.
—Lo suficiente como para entender que no hay salvación… —respondió Galeano—. pero eso no importa. Tu bruma está causando daño alrededor del mundo…
—Deja mi bruma en paz… y larguense.
—Pero tienes que parar esto. Estas haciendo un daño inmenso…
—Mi bruma… —dijo el hombre, levantándose del suelo—. Veo en ti una aflicción inmensa como nunca antes había visto. Casi más grande que la mía… y si la libero, habría el doble de daño y bruma de lo que hay ahora…
—No. No lo hagas —respondió Galeano con cierta preocupación en su voz.
El hombre alzó sus manos y de ellas se empezó a formar una neblina azul. Luego, las apoyó en Galeano y él retrocedió varios pasos, pero de entre el cuerpo de Galeano y las manos del hombre se formó un lazo azul que pronto explotó y trajo a la vida varias personas y animales espectrales, como si estuviesen hechos de humo.
—Recuerdos… los más tristes… el tipo de recuerdos que te hacen querer volver a un momento mejor de tu vida —dijo el hombre.
—¡Basta!
Galeano gritó y disparó su gancho contra el cuello del hombre. Éste pegó un grito y cayó al suelo con el gancho incrustado en su pecho, y Galeano se abalanzó hacia él. De la explosión aparecieron varios perros de diferentes tipos, aunque en su mayoría parecían callejeros. Los caninos estaban exaltados, moviendo frenéticamente sus colas, apenas se formaron en la realidad se dirigieron directo a Galeano y empezaron a olfatearlo y a saltar sobre él. Además de los perros también se habían formado una pareja; un hombre y una mujer que se estaban tomando de la mano y miraban en dirección a Galeano. Además, había otros dos hombres y varias mujeres. Galeano estaba exaltado y frenético intentando desquitarse de los perros. Sus manos trataban de empujar a sus amigos pero traspasaban sus cuerpos.
—¡¿Qué es todo esto?! —dijo Irys.
—¡Háztelo a ti mismo maldita sea, revive a tu madre de entre tus recuerdos para el resto de la eternidad! —vociferó Galeano tratando de desquitarse de los perros mientras luchaba con el forcejeo del hombre intentando liberarse del gancho en su cuello.
—¡¿Crees que no lo he hecho ya… durante seis años?! —dijo el hombre a duras penas.
Galeano retiró el gancho y se rindió. Su cuerpo cedió. Se bajó de encima del hombre y se quedó de rodillas en la tierra, observando a los perros que le saltaban encima, y que le traspasaban el cuerpo.
—Los recuerdos son más poderosos que cualquier otra fuerza… y tarde o temprano se apoderan de uno —dijo el hombre.
Desde atrás de Irys se formó una bruma espesa que la atravesó, entró por su espalda, y desde su pecho volvió a salir y se esparció por todo el lugar, formando a tres figuras; una mujer adulta, un niño pequeño y un demonio parecido en el que Irys se transforma. Por un segundo pareció quedarse sin aliento luego de que la bruma saliera de su pecho, se tambaleó por un momento y recobró la postura. Luego, alzó la mirada y vio las figuras que se habían formado.
—¿Qué es esa cosa extraña? —murmuró el hombre con disgusto, refiriéndose al demonio.
Luego la bruma la sentí yo, entrando y saliendo de adentro mío. Pero, en cambio, de ella no se formó nada. Y no experimenté daño o alguna sensación extraña, pero la vi salir desde mi pecho y esfumarse. El hombre me miró raro, y sin apartar la mirada de mí, se me acercó.
—¿Qué significa esto? —dijo.
Y alzó sus manos canalizando la bruma, puso sus manos frente mío y formó una gran neblina, para luego lanzármela.
Intenté apartarme, pero fue inútil. La ráfaga de bruma me invadió y pronto abandonó mi cuerpo. No sentí nada.
—¡¿Qué significa esto?! ¡¿Qué pasa contigo?! —gritó el hombre.
—¿Debería sentir algo? ¿Debería pasar algo? —dije.
—¿Acaso no tienes recuerdos tristes? ¿no tienes a alguien querido que haya muerto?
Pensé durante unos segundos su pregunta. Pero no encontré nada parecido a lo que mencionaba.
—Creo que no… —respondí.
El hombre me miró con una ligera sonrisa en el rostro.
—Mentira… eso es imposible —dijo, riendo nerviosamente—, esa es tu habilidad, ¿no? ¡Eso es… eso debe ser! Tu habilidad es olvidar… o… o… no sé… Compartela conmigo… ¡No! entonces olvidaré a mi madre… ¡Maldita sea!
La escena se había puesto muy dramática, el hombre había enloquecido y se tomaba del pelo y se lo jalaba, fue arrodillándose poco a poco hasta caer a la tierra y luego se acostó en ella.
Delante mío, más allá de donde se encontraba el hombre tirado, estaba Galeano. Acariciaba con lágrimas en los ojos a sus queridos amigos perrunos, y ellos agitaban sus colas con gran emoción. Mientras hacía esto, entablaba una conversación con la pareja que se había formado, mientras el resto de personas se acercaban a él y se quedaban ahí, quietas, esperando. Él se encontraba totalmente hipnotizado por sus recuerdos. Y también lo estaba Irys. Ella se encontraba a mi izquierda, arrodillada, encerrando entre sus brazos tanto a la mujer como al niño, abrazándolos. Así se quedaron durante un rato. Mientras, a un lado, el gran demonio observaba, inmóvil como aquellas personas alrededor de Galeano. Bara se encontraba cerca de Galeano, y estaba tranquila como siempre.
Pude deducir quiénes eran esas personas con las que hablaban y se abrazaban. Claramente eran personas a las que le tenían mucho afecto, y que por alguna razón u otra no ya no estaban presentes.
El hombre, que estaba tendido en el suelo, ahora se encontraba acostado de lado, y con sus manos puestas de tal forma que hacían de almohada. En su cara habían lágrimas, pero en su rostro mantenía una expresión feliz.
—En mis sueños la veo sonreír por última vez —dijo—. Siento el perfume de las flores en su pelo, sus labios azules...
Y de entre el cuerpo del hombre, comenzó a salir una bruma de la que se formó una mujer; no era muy alta, tenía un pelo dorado y una piel joven y sin arrugas. Llevaba un hermoso vestido blanco como si fuera de bodas. Su piel era pálida, sus labios azules, sus ojos castaños. Sus pies iban descalzos.
—Su vestido blanco y su piel pálida y helada al tacto —continuó diciendo, mientras más lágrimas corrían por su rostro—. En mis sueños le dejo tulipanes rosas y claveles blancos, tratando de volver a encontrar su amor… en mis sueños.
La mujer permaneció inmóvil.
—No llores… calmate, toma asiento, respira, y sigue adelante —dijo el hombre, despertando, sentándose en la tierra y respirando hondo—... Creo que esas eran sus palabras, las que me decía cuando era niño… no llores, calmate, toma asiento, respira y sigue delante…
El hombre se puso de pié. Miró brevemente lo que supuse era su madre y volvió a mirarme.
—Lo he intentado todo en estos seis años… me aburrí como no te lo imaginas. Nunca intenté salir de aquí… no quiero. Y te envidio. ¿Cómo es que no lloras la ausencia de alguien? ¿Cómo es que no estás triste…?
No supe qué responderle. Agaché la mirada tratando de pensar en algo. El hombre me miró raro unos segundos, y luego se dio la vuelta.
—¿No sientes esa sensación de querer romper la ventana y ver tu humo de problemas escapar? Y levantarte mejor. Y sentirte mejor. Yo no puedo. Suplico por un mañana mejor… o al menos volver al pasado cuando todo estaba bien —dijo, llevándose las manos a la cara.
—¿Pero por qué le haces daño al mundo? —le pregunté.
—Hm... Así empezó todo… lamenté la pérdida de mí madre a manos de mí padre, vi todo el acto, vi como la molía a golpes hasta caer inconsciente. En ese momento, al ver la sangre esparcirse y su alma salir y sentir la impotencia, fue cuando todo explotó. La casa quedó totalmente devastada. Hasta yo me sorprendí, ya que fue de repente. Durante estos años aún busco una explicación… ¿por qué no morí aquella vez? ¿Por qué no fui yo, y no mi madre? ¿Por qué no pude hacerle frente a mi padre? Y entonces, me quedé sólo. Todo se había reducido a ruinas. Y con el tiempo descubrí que, inconscientemente, la bruma que esparcí era un llamado de auxilio. Era una súplica, un llamado para que alguien viniera y pudiera hacer algo por mí. ¿Será de verdad que no hay nada que se pueda hacer?
—¿Por qué no lo has superado en todos estos años? ¿Por qué no quitas esta bruma y sales a buscar algo mejor, a alguien nuevo en tu vida? —le pregunté.
—Porque nunca lo haré. No mientras nada me mate. Lo he intentado con todo; clavandome diferentes objetos punzantes, haciendome tajos, tratar de cortarme la cabeza, quemarme… nada, absolutamente nada podría funcionar. Pero lo curioso es que el daño lo sigo sintiendo… siento cuando me corto, cuando me quemo, cuando paso hambre, pero no puedo morir de hambre… no quiero a nadie, a nadie más que a mi mamá. Podrán decirme lo que quieran, y hacer lo que quiera conmigo. Cuando lo único que conoces en tu vida, cuando lo único bueno que conoces, cuando alguien te quiere incondicionalmente, cuando lo único que estuvo ahí para ti y ahora lo pierdes, sólo entonces, sólo cuando experimentas algo así, es cuando te sientes igual que yo. Y no hay otra forma de entender, no hay nadie que pueda entender.
El hombre permaneció quieto. Delante de él estaba su mamá, quien le apoyaba una mano en el hombro. Me quité por un momento el guante izquierdo y apoyé mi mano desnuda en su otro hombro.
—¿Qué pasa? —dijo él.
—Nada…
Quité mi mano y volví a ponerme el guante.
—Quiero morir de a poco a tu lado —empezó a decir en voz baja y quebrada—. Quiero saber cuál es tu color favorito… qué es lo que más te gusta… cuáles son tus pasatiempos. Y yo muero lentamente en esta grotesca escena, quiero pensar que muero lentamente hasta acabar con todo esto… ¿dónde es que me equivoqué? quiero saber dónde es que fue…
Sus palabras me producían angustia y una sensación amarga. No quise romper bruscamente su momento, ni preguntar algo fuera de lugar. Irys y Galeano aún seguían en sus recuerdos. Pero pensé en que nada de esto tenía solución. Era en vano quedarse más tiempo. Al menos yo no lograba sacar nada bueno de esto… aunque los demás se vieran felices.
Cuando voltee a ver a Galeano, él estaba parado, mirándome, y ya no tenía su atención puesta en sus recuerdos. Se agachó para alzar a Bara en sus brazos y se me acercó.
—Sé que no es real. Sólo estaba siendo feliz por un momento —dijo.
Detrás de él, los perros y las personas le seguían, pero parecían sin vida, no hablaban ni tenían movimiento más que el de acercarse como robots. Galeano se dirigió a Irys, quien había acabado por fin de abrazar a su familia, y ahora los estaba analizando profundamente. Les trataba de alisar la ropa y acariciar sus pieles. Se acercaba a la mujer y le acariciaba el cabello. Se agachaba al niño y le miraba los ojos de cerca. Hasta que despertó luego de que Galeano le apoyara una mano en su hombro.
—¡Son mi mamá y mi hermanito! —dijo emocionada.
Y parecía aún no haberle prestado atención al demonio que estaba delante. Galeano se acercó a ella y le susurró algo que no pude escuchar, pero vi como de inmediato a Irys se le apagó su emoción. La vi agitar su cabeza negando lo que Galeano le estaba diciendo, y luego se echó a llorar. Apoyó su cabeza en el pecho de Galeano y sollozó. Mientras, Galeano la traía consigo poco a poco, aún con su cabeza apoyada en su pecho, hasta estar los cuatro juntos.
—Quiero poner a descansar mis temores, y esperar a que nunca más despierten —continuaba diciendo el hombre—. Quiero sentir su abrazo y que sepa que hasta entonces no lo tengo todo.
—Ya debemos irnos —lo interrumpió Galeano—. ¿Sabes si aquí aún permanece el disco? El disco de este reino.
—¿Qué flores les dejas a tus difuntos? —dijo el hombre, se dio la vuelta y miró a Galeano.
—Claveles y tulipanes —respondió—. Simbolizan la pureza, el amor y la inocencia.
—En mis sueños le dejo tulipanes rosas y claveles blancos, en mis sueños la traigo de vuelta a la vida, la veo sonreír y siento su perfume y su caricia. El único lugar donde puedo estar con ella, en mis sueños, porque ahí todo se siente real. Y trato de encontrar su amor… Sólo… En mis sueños.
El hombre pronunció esas últimas palabras, y se desmoronó. Cayó al suelo bruscamente, y ahí se quedó, acostado. Al caer, todos los recuerdos se desvanecieron y se convirtieron en una bruma que se esfumó en el aire.
—Todo quedó devastado… el disco quizás esté destruido, no lo sé.
—Bien, nos iremos. Si puedes hacernos el favor, ábrenos paso por allí —dijo Galeano, señalando hacia el horizonte con su dedo—, separa la bruma, por favor.
El hombre se levantó, puso sus manos juntas y con un movimiento separó la bruma donde Galeano había señalado.
—Dentro de una hora volveré a llenar todo de bruma de nuevo.
Y se volvió a acostar. Galeano lo miró de mala gana y estuvo a punto de decir algo, pero decidió quedarse callado.
Empezamos a caminar en aquella dirección, salimos del cementerio y cruzamos por una calle por donde la bruma se separaba. La zona sin neblina era bastante amplia, incluso abarcaba varias cuadras de ancho. No teníamos problemas en doblar y seguir por otra calle si llegábamos a un callejón sin salida.
—¿Qué hay del disco? ¿Estás seguro de que no estará por aquí? —le pregunté a Galeano.
—Eso ya no importa. No creo que esté en buen estado el disco, y si lo está, aquel hombre fue piadoso y nos separó este trecho de neblina. Será mejor irnos ahora que no hay problema.
No me quedó más opción que asentir y conformarme.
Pasamos las siguientes horas intentando salir del reino, yendo por en medio de las calles, sorteando escombros de casas y estructuras, y pedazos de madera que quizás alguna vez fueron de un carruaje o unos carteles. La ciudad parecía otra, pues al no haber bruma, todo se veía más claramente, pero el paisaje no era agradable de ver de todas maneras, ya que se podía apreciar claramente el deterioro que dejó la bruma sobre el reino en todos estos años. Las casas y las calles estaban destruidas. Los árboles estaban marchitos y secos. Nuevamente empezaron a aparecer pilas de cadáveres cada tanto, puestos a un lado de la calle. ¿Va a seguir así por el resto de la eternidad?, ¿inundará todo el mundo con su bruma? ¿Deberíamos hacer algo y detener a aquél hombre? Pensé en decirle a Galeano, pero no contaba con las ganas de discutir. Pero si alguien no detenía a aquel hombre, el mundo iba a sumirse tarde o temprano en completa bruma.
Galeano se dio la vuelta casi de repente, y eso nos hizo saltar a Irys y a mí.
—¡¿Qué ocurre?! —dijo ella.
—La bruma se acerca —repuso Galeano.
A un paso veloz, la bruma se nos acercaba. El espacio sin neblina se volvía a llenar. Mi pulso comenzó a acelerarse, fruncí el ceño, y mis ojos temblaron de los nervios. Ya estaba harto de la bruma
—¡¿Cuánto camino nos falta?! —gritó Irys.
—Aún nos falta un buen trecho —respondió Galeano.
Nuestro paso se aceleró en gran medida, y luego de apenas unos minutos, comenzamos a correr.
—¡No hace falta ir tan rápido! —gritó Galeano, que iba bastante detrás nuestro—. No se apresuren, no gasten sus fuerzas.
Caminar, o reducir el paso, ya no era una opción para Irys y yo, más que estar hartos, directamente teníamos miedo de volver a la bruma. Y justo en ese momento, luego de que Galeano terminara de hablar, la bruma nos alcanzó. Y la pude sentir, a diferencia de antes, cuando aquel hombre intentaba sacar de mí mis recuerdos. Fue un golpe enfermizo, me trajo recuerdos de hace un par de horas, cuando la neblina me producía náuseas. De nuevo el paisaje se tornó azul y borroso, hasta el punto de reducir nuestra visión a no más de cinco o seis metros alrededor. La bruma siguió su paso hacia adelante, llenando todo lo que le faltaba como un viento a cien kilómetros por hora. El olor a azufre y polvo volvió, y junto con él, los escalofríos y el temor del paisaje neblinoso. El camino se volvió mucho más doloroso; ahora en vez de ver claramente hacia dónde teníamos que ir, parecíamos ciegos yendo por un laberinto a oscuras. El dolor se intensificó más rápido que antes, y las náuseas eran terribles y el olor cada vez más enfermizo. Nuestros pasos se iban haciendo cada vez más pesados y lentos, y las fuerzas se acababan.
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