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Pasos al costado. ¿Qué tienen en común un disco, un libro y una pintura?

May 2, 2026

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Pasos al costado. ¿Qué tienen en común un disco, un libro y una pintura?
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Parte 5:

Blue Dream.

Capítulo 3.





Empezamos a caminar al ras de la arena, hacia donde Raúl nos había señalado. Seguíamos a Galeano, casi pegados a él por temor a que algo o alguien pudiera aparecer de repente de entre la neblina. No nos detuvimos en ningún momento, Galeano nunca se detuvo ni para sacar el mapa, ni para beber agua. El camino hasta Har Bay fue inquietantemente tranquilo, y aburrido. Fueron horas en las que alrededor nuestro no había más que neblina enfermiza y un camino de tierra y arena. No nos topamos con ninguna otra persona ni forma de vida, ni ninguna otra cabaña o estructura.

Si mirábamos hacia arriba, podíamos distinguir un pequeño destello, una leve y borrosa luz que iluminaba el cielo. Estaba casi encima de nosotros. Era el sol, y ya casi era mediodía.

Nos topamos con la ciudad de repente, pues la neblina comenzó a dibujar sombras a unos treinta metros delante nuestro. El camino empezó a ser de adoquín agrietado y destruido. Hacia nuestra izquierda se podían distinguir estructuras en ruinas, y a la derecha, por sobre el agua, se alzaban y extendían figuras que se asemejaban a un muelle.

—¿Pararemos a comer algo? —dijo Irys.

—Sí… pero será mejor no detenernos —respondió Galeano, quitándose la mochila de encima.

Abrió un cierre y de adentro sacó algunos alimentos y agua. Comíamos y bebíamos mientras avanzábamos a un paso lento, pero seguro. La neblina me estaba empezando a dar mareos, sentía un leve dolor de cabeza y respirar constantemente el aire en el ambiente me hacía sentir enfermo y sin ganas.

En dado momento un escalofrío recorrió mí cuerpo y di un pequeño salto, lo que alarmó a Irys y Galeano.

—¡¿Pasa algo?! —gritó Irys.

Galeano se alarmó aún más y le dijo a Irys que hiciera silencio. Los cuatro nos detuvimos y permanecemos estáticos durante unos segundos, escuchando cualquier ruido alrededor nuestro, rogando para que nada ni nadie más nos haya escuchado.

—Perdón… —susurró ella.

Galeano suspiró profundamente y luego proseguimos el camino.

—Esto… me está mareando… —le dije a Galeano.

—A mi también… —respondió él—. pronto saldremos.

—¿A ti no te pasa lo mismo? —le pregunté a Irys.

—Claro que sí. Llevo con dolor de cabeza desde que entramos a aquella cabaña con esos asquerosos hombres.

El mareo era leve, pero pudimos seguir por el camino de adoquines sin complicaciones. En cierto momento el camino en línea recta, se detuvo, y delante nuestro se bifurcaba a la izquierda y la derecha. Nos detuvimos un momento, Galeano pensó unos segundos, y volvió a avanzar, siguiendo el sendero hacia la izquierda. 

—¿Sabes por dónde vamos? —susurró Irys.

—Si seguimos por aquí, si no hay ningún obstáculo, llegaremos al Blue Dream… Sea como sea, este mismo camino recto también nos llevará al Queendom —respondió.

El camino luego derivó a una vereda la cual enfrente había una calle y a los lados, casas. Delante nuestro se alzaban en fila, en su mayoría, ruinas. Tanto Irys como yo nos detuvimos un segundo al ver la escena.

—El poblado… —susurró Galeano, sin dejar de caminar—. No se queden atrás, tomen cada uno mi mano, la niebla es cada vez más espesa... lo peor ahora mismo sería perdernos de vista.

Galeano alzó a Bara, y luego Irys agarró la mano de él y yo me agarré de su antebrazo. No pensaba que esto se pudiera poner aún más terrorífico, pero una vez que empezamos a caminar por la calle de tierra agrietada, los alrededores, llenos de escombros y ruinas de hogares, hacían del camino uno mucho más tétrico. Estábamos caminando por calles en las que una vez, no hace mucho, hubo vida, había árboles, animales, colores, un lugar que se podía ver… y ahora sólo quedaba una espesa neblina azul que enfermaba y perturbaba la zona.

Cada tanto, a un costado de la calle, una gran pila de cadáveres hacía presencia. Fue espantoso verlo. Hasta Galeano se sobresaltó la primera vez que vimos uno, y luego de ver más y más de estas pilas, se fue tornando común verlas. Las pilas debían tener al menos cinco metros de altura de puros cadáveres de personas y animales. Me fue imposible no hacer una mueca de desagrado ante tal perturbadora imagen, se me revolvía el estómago, me empezaron a dar náuseas y el dolor de cabeza se hizo más grande. 

—¿Quién los habrá apilado…? —susurró Irys muy levemente.

No me lo había preguntado, pero era cierto, aquellas pilas de cadáveres debían ser obra de una o varias personas. Quité de mi cabeza ese pensamiento pues el sólo hecho de preguntarme de quién o quiénes era obra, me atormentaban la cordura.

Habremos pasado por varias docenas de estos montones, hasta que se empezó a escuchar un murmullo. Provenía de no muy lejos, era una voz muy baja, y parecía estar hablando sola. Al escucharlo, me detuve repentinamente, Irys y Galeano vieron mi reacción y se detuvieron.

—¡¿Qué ocurre?! —dijo Irys.

—Shh… —la calmó Galeano, poniendo su palma en el hombro de ella para tranquilizarla—. ¿Viste algo?

—¿Lo escuchan? —les respondí.

Íbamos por en medio de la calle, y nos empezamos a acercar poco a poco por donde creíamos que provenía la voz. Tratábamos de no hacer ruido. La voz se hacía cada vez más presente. Habíamos llegado hasta un local que no podíamos distinguir de qué era, pero que sin duda de allí dentro provenía la voz. Era un hombre, hablaba con una voz ronca y grave y parecía estar entablando conversación con una o más personas. Parecía ebrio debido a la vaguedad y torpeza de sus palabras, y ya que de tanto en tanto reía a carcajadas y eructaba, pero era lo único que nosotros escuchábamos dentro, no había ninguna otra voz, nadie que le respondiera.

La puerta entreabierta dejaba ver el sombrío lugar; una luz provenía desde el techo del local, e iluminaba la espesa neblina, mostrando la danza del enfermizo humo.

—¿Será seguro? —susurró Irys.

—Estaremos bien... Tengo mi revólver por lo que sea que pueda pasar —la tranquilizó Galeano, y empujó la puerta muy despacio, haciendo el menor ruido posible, y ubicó su mano derecha en su cinturón, donde estaba el revólver.

El lugar era un bar; había varias mesas, bancos, sillas y una barra, había estanterías y mostradores de vinos, había cuadros y otras decoraciones, pero sorprendentemente las cosas no parecían destruidas, más bien estaban en mal estado.

Empezamos a entrar y dar ligeros pasos sobre la madera. La única persona dentro era aquel que hablaba sólo, estaba de espaldas, y en su mano derecha se aferraba a una copa de vino, y la botella estaba apoyada en la barra. El hombre reía intermitentemente, estaba ebrio. Iba vestido con ropa muy harapienta y tenía puesta una boina. 

En cierto momento se percató de nosotros, y se dio la vuelta muy lentamente. Al vernos, su cara se puso pálida, y exhalo tan profundo que parecía que fuese su último aliento.

—Tranquilo… no te haremos daño… —le dijo Galeano.

El hombre parecía haber entrado en un trance; su boca permaneció abierta, babeando, sus ojos estaban completamente abiertos y mirando a Galeano, su postura se iba encorvando y empezó a temblar, su mano derecha se aflojó tanto, que dejó caer la copa de vino.

La copa cayó al suelo en un muy inquietante ruido, un estruendo entre la tranquilidad, la soledad y lo sombrío del lugar. Los fragmentos de vidrio se esparcieron por todo alrededor, y en el suelo quedó un charco de vino.

Todos a excepción de Bara nos sobresaltamos ante el ruido y nos alejamos unos pocos pasos. El ruido hizo que se me intensificara el dolor de cabeza que traía, me llevé las manos a la cabeza tratando de calmar la tortura.

Miré instintivamente hacia todos lados, esperando a que algo o alguien apareciera de donde sea, atraído por semejante ruido. Pero por suerte, eso creo, estábamos solos.

El hombre se había asustado demasiado, tanto, que se tambaleo en el banco de madera en el cual estaba sentado, trató de mantener el equilibrio, pero inevitablemente cayó al suelo, clavándose varios fragmentos de vidrio en el acto y empapandose con el charco de vino.

Galeano fue a socorrerlo inmediatamente. El hombre gritó gravemente, agarró del suelo la boina que se le había caído e intentó pararse apoyándose en el banco, pero era peor, ya que estaba descalzo y los fragmentos de vidrio se le incrustaron en las suelas de sus pies. Gritó aún más, puso sus pies en punta, y volvió a sentarse en el banco con la ayuda de Galeano.

Era una escena terrible, arrugué la cara ante sus quejidos de dolor. Vi a Galeano arrugar la cara también, pero esta vez en cambio era dado al fuerte olor a vino y suciedad de la boca del hombre, y ese olor ya era bastante fuerte incluso antes de llegar al bar.

—¿Se encuentra bien? —le preguntó Galeano, apoyando su mano en el hombro del señor.

El hombre se tambaleaba, parecía que iba a volver a caerse del banco, pero Galeano le iba manteniendo firme con los brazos. El hombre no dio respuesta, solo un fuerte eructo que emano un mortal olor a alcohol. Empezó a llevarse las manos a los pies y a sus brazos, por donde se había lastimado.

—Traigan más… —dijo por fin el hombre luego de un rato, con voz de borracho.

La habitación quedó en silencio.

—Morrison… trae más he dicho… carajo —vociferó el hombre, dándose vuelta lentamente en el banco, poniéndose de frente a la barra—. Aquí está… gracias… a mi cuenta como siempre.

El hombre rió torpemente, agarró la botella de vino y empezó a beber.

—Gali… Vámonos —susurró Irys.

Su cara parecía preocupada, empezó a encogerse de hombros y se aferró a lo más cerca que encontró. Normalmente lo haría con Galeano, pero esta vez, estando él cerca del hombre extraño, Irys se agarró a mí.

—A ustedes no los he visto nunca… Qué raro —dijo el hombre.

—No somos de aquí —respondió Galeano—. Somos aventureros. ¿Será que usted… nos podría explicar algo de lo sucedido aquí hace…?

Galeano fue interrumpido por el repentino ruido del señor; fue como un rugido muy grave, se sobresaltó y apoyó el vino fuertemente en la barra.

El hombre se dio la vuelta muy despacio, hasta dar con los ojos de Galeano.

—Viejo, canoso y con un gusto por el alcohol, de seguro. Como yo —dijo el hombre, luego de analizarlo unos segundos.

—Asustado… cobarde… y extraño —dijo, luego de analizarme a mí. 

—Otra que está asustada… una niña bella, débil y tonta —dijo, hablándole a Irys.

—Y… comida —terminó por fin de describirnos, apoyando su mirada en Bara—. ¿Y así se hacen llamar aventureros? Déjenme… y no se atrevan a tocar mi vino. Es lo único que me queda, eso y mis queridos amigos.

El hombre, encorvado en la barra y con una mano en la botella, miró hacia un lado, donde había varias mesas y sillas desocupadas, asintió, y volvió a mirar la botella de vino.

—¿Y no hablarías ni por una botella de vino? —dijo Galeano, tratando de persuadirlo.

—¿Tienen? —dijo el hombre, volteando su mirada a Galeano, hablando con una voz sorprendentemente suave y quebrada.

—Claro… Te puedo dar una botella si me hablas de quién o qué fue lo que trajo esta bruma.

—Primero… muéstrame esa botella de vino que dices tener…

Galeano retrocedió un paso, se quitó la mochila y abrió un cierre. De adentro sacó una botella de vino llena. Esa botella ya la había visto antes, ya lo había visto a Galeano tomar ese vino, y en las tiendas y bares, aquel ejemplar nunca faltaba, era muy común y los había por doquier. Yo no lo había probado aún, no podía saber si era un vino de calidad o uno común y barato. Aunque quizás podría hacerme una idea. 

El hombre asintió levemente, y sin decirse nada los dos, Galeano guardó la botella, dejó a un lado la mochila y se acercó una butaca para sentarse a conversar con el hombre.

—¿Tardarán mucho? —dijo Irys, con una cara de angustia.

—Tranquila… sólo serán unos minutos —respondió Galeano.

—¿Tienen prisa?

—Es por… toda esta bruma que… nos marea —repuso Galeano.

—Ah… sí… la bruma.

El hombre, luego de decir esas palabras, se quedó mudo. Se encontraba de cara a Galeano, y su vista se perdió. Hizo una larga pausa dejando su boca abierta, dejando caer horas de baba. Hasta que pareció recobrar la razón, se dio vuelta y se apoyó en la barra, agarró con las dos manos la botella de vino que estaba tomando y se la acercó a la cara, y se quedó mirando el cristal un buen rato. Volvió a darse la vuelta, esta vez hacia el otro lado, miró hacia la nada, y asintió.

—Creo que no nos hemos presentado… —dijo Galeano con la cara arrugada, preocupado por el hombre—. Mi nombre es Galeano. Ella es Irys, Bara, y Jim.

El hombre al escuchar hablar a Galeano, volvió a darse la vuelta muy despacio hasta topar con los ojos de él, y ahí se quedó. Se lo veía perdido, como si su memoria se hubiera borrado de repente.

—¿Y tu nombre? —le dijo Galeano.

El hombre agachó la mirada un momento, y al fin, respondió:

—Eugenio… —fue lo que pronunció, con una voz débil, como si fueran sus últimas palabras.

Después de decir su nombre, se irguió y tomó un trago de vino.

—Si… perdón. Eh… la bruma —dijo, limpiándose la boca con la manga de su camisa harapienta—. Les contaré… em… este…

Eugenio había recobrado las energías repentinamente luego de tomar el trago, chasqueo los dedos en busca de la palabra que tenía en la mente y alzó la mirada, mucho más energético.

—Chico. Eso. Hubo un chico hace seis años, fue el causante de todo esto. Él… perdió a alguien muy especial. Muy especial para él. Y no pudo. No pudo con el dolor. Y lloró días y noches en la tumba de su amada.

—Está bien —interrumpió Galeano—. Tomate tu tiempo, cálmate, respira, y explícanos tranquilamente la historia.

—Sí —Eugenio tomó mucho aire y luego dio un gran suspiro—... fue hace seis años. Hubo un chico que vivía en el Marcus; un día perdió a alguien muy querido, y entonces no lo pudo soportar y, nadie sabe cómo, pero se dice que su tristeza fue tal, que hizo explotar aquella zona. Se dice que desarrolló algún tipo de habilidad, y entonces explotó todo. Hay quienes dicen que lo vieron por última vez en el cementerio, velando la muerte de su ser querido, en completa desolación y tristeza. Son rumores, rumores que he escuchado de personas ya muertas por la bruma. De aquella zona, del cementerio, de allí surgió la bruma… allí hay alguien… y sigue vivo… está… está…

El hombre había empezado a temblar. Galeano intentó acercar su mano para intentar tranquilizarlo, pero él se alejó ligeramente. Tomó el vino y le dio un gran trago.

—Sí, sí, perdón -dijo suspirando-. Les decía, les decía que él no murió. Quedó vivo de alguna forma. Hay quienes cuentan que han escuchado una voz, un quejido proveniente de entre la más espesa bruma, en el centro del Marcus… en el cementerio.

—¿Quién? ¿Quién es el hombre de la bruma? ¿Quién te contó todo esto? ¿Sigue por aquí? —preguntó Galeano.

-¡Ya están todos muertos! No hay nadie más a quien preguntarle, no tiene sentido. Quienes estuvieron aquí ya están muertos por respirar tanto de esta maldita, maldita bruma. ¡Enfermiza, maldita, asquerosa porquería! Quizás hayan escapado, quizás, o quizás se hayan suicidado. Eso te provoca está bruma de mierda. Tiene… un efecto… enfermizo… te hace querer matarte, si no lo hace ella antes —terminó de decir, agitando su cabeza de un lado a otro, negando fuertemente lo que sea que estuviese pensando o pasando por su cabeza.

—¿Y tú qué haces aquí, sólo? —preguntó Galeano.

—¿De qué hablas? No estoy sólo —respondió, mientras una sonrisa se le dibujaba en el rostro—. Esto está lleno de vida… Aquí hay una fiesta. ¿Que no lo ven? Maleducados, aventureros de mierda que no saludan a mi gente cuando entran, y llegan como si nada.

Eugenio se había levantado del banco, y comenzó a caminar hacia las mesas que había en el bar. Sus pies pisaron los fragmentos de vidrio. Galeano trató de detenerlo pero no pudo. Los tres pusimos una cara de dolor ante las pisadas del hombre en el vidrio, sus pies descalzos iban crujiendo los cristales, pero sorprendentemente, no pareció importarle lo más mínimo. 

—Martín y Eleonora —dijo, acercándose a una mesa y apoyando sus brazos en el hombro de alguien invisible—... Alberto y Antonieta —dirigiéndose a otra mesa—... la familia reunida…

Entre los tambaleos, el hombre perdió el equilibrio y se desplomó, cayendo fuertemente al suelo. Galeano se apresuró a ayudarlo, se agachó y puso una mano por detrás de la cabeza y otra en el hombro de Eugenio. Desde los pies de él brotaba una gran cantidad de sangre.

—¿Estás bien...? Tienes que dejar de beber, esto te está matando... —dijo Galeano, casi susurrando, y fue pasando su mano para ver la magnitud de las heridas del hombre.

El hombre abrió los ojos, y se quedó mirando al techo. Sus manos estaban petrificadas, sus dedos torcidos, y su cuerpo duro. Muy despacio, dirigió su mirada a los ojos de Galeano, y empezó a lagrimear.

—No es un buen final, ¿por qué...? ¿por qué? —terminó de decir, y se quedó estático, con los ojos abiertos.

El bar quedó en silencio. Una rara sensación me recorrió la espina. Una tristeza me invadió. Fue extraño, por un momento, por un segundo el dolor de cabeza y la enfermiza bruma desaparecieron de mi mente, y en su lugar, en lo único que pude pensar fue en una melodía. Una triste, melancólica y solitaria melodía, que se escuchaba muy a lo lejos, yéndose. No pude evitar pensar en las tragedias de la vida y lo fugaz de vivir.

Y en el bar quedó su lamento.

—Fue un golpe traumático. Recibió daño encefálico… murió por una hemorragia cerebral —nos contó Galeano.

Salimos del bar dejando la puerta entreabierta. y continuamos el camino.

—¿Por qué dejaste tu vino? —preguntó Irys.

—Es menos peso con el que cargar… —respondió.


Agustín D.

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