Agacho la cabeza acurrucándola en mis manos justo en el suspiro que me entrega el semáforo en pausa y una especie de encanto que conservo sin mirarte. Pienso la estadística y lo casual, sin lo causal y necesario, para adornar bajo la alfombra que no puedo no mirarte aunque me muera de ganas.
Hay algo que no funciona porque la música no suena y sé que en primer plano hay un canal aislado que se conecta con tu voz. Que no sabe decir nada porque me pierdo en el tono y ahí se me dificulta el idioma, mientras penetra algo más lejos y conecta fragmentos aislados con el peligro que conlleva darle al alma semejante dosis de razón.
Sin embargo nos llega la hora. Se irrumpe mi meditación de un bocinazo y no queda más remedio que mirarte de costado, para verte de frente, porque hubiese sido imprudente mirar hacia adelante, y no ahora a tu silueta señalando el camino, porque estar apurada para llegar a ningún lado parece ser tu condición.
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