Oh Dios,
a quién su propio hijo abandonó,
Padre que calla al llanto de su hijo.
Hoy te odiaré
con la ira del huérfano que reconoce
el vacío del cielo.
Mas el día en que mi angustia me doblegue,
volveré a ti —a mí— inevitablemente,
y oraré, suplicaré, mendigaré tu sombra
para que me salves,
porque sólo así pesa menos el sufrimiento.
Luego comprenderé que he sido humano,
que fui frágil,
débil como niño,
y que busqué refugio en mis ficciones.
Terminaré exhalando y me sabré impuro:
sucio por haber cedido ante mi razón,
pero con la lucidez de saber
que esa misma razón te ha creado
y también te ha destruido,
esperando únicamente
utilizarte,
de ser necesario,
para salvarme.
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