Perdónalos, Padre.
Todavía matan por vos,
todavía traicionan
y llaman fe a no escuchar.
Caminan con el corazón cosido,
ciego,
y el cuerpo arrastrado por la culpa.
Y yo sigo acá,
con las manos marcadas,
porque rompí el candado del odio
a golpes.
Decís que soy tu soldado,
pero no me pidas sangre en tu nombre.
Este hombre ya no sabe matar,
solo sabe amarte.
En mi propia guerra
tiré la espada,
me quedé desarmado
para poder encontrarte.
Me saqué el dolor del pecho
como quien se arranca algo podrido
y me perdí
solo para seguirte.
Si ellos no pueden ver tu amor,
entonces
dejá que lo aprendan en el mío.
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