Hay un instante en que el cielo olvida su orden, y la claridad titubea como si temiera desaparecer.
Es entonces cuando dos cuerpos lejanos desafían el silencio de las distancias y se buscan con una urgencia que trasciende siglos.
La luz, temblorosa, se inclina sobre la sombra, y la sombra, en un gesto de ternura feroz, se adentra en la piel del día.
No es conquista ni rendición: es un abrazo que duele por su brevedad, un juramento que solo el universo escucha.
En ese momento, el aire se espesa, los pájaros callan, y hasta el corazón humano late distinto, como si reconociera un amor que le pertenece desde antes de nacer.
El horizonte se viste de un anillo imposible, la sangre se agita con un misterio antiguo, y cada mirada al cielo se convierte en plegaria.
El tiempo se curva, se estira como si quisiera retenerlos un poco más, pero sabe que todo reencuentro tiene un final.
Y así, lentamente, la luz regresa, la sombra se aleja, y ambos vuelven a sus caminos eternos, llevándose en silencio la memoria ardiente de un roce que incendió el firmamento.
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