Lo percibo en tus palabras, lo percibo en tu tacto, lo percibo en tu voz. La confirmación de mi peor pesadilla vuelta realidad. La calidez que tu mano producía sobre la mía desapareció y me preguntó en qué momento nos perdimos.
¿Acaso dejé ver mucho de mí, cariño mío, y no te agradó lo que descubriste? Será que tal vez por fin te diste cuenta de la fragilidad en mí, limitante y temerosa, contraria a lo que aparento.
Todo se desvanece a mi alrededor; tu risa, tus besos y tu calor. ¿Por qué no logro recordar?
¿A dónde está aquel decidido, sin miedos, a conocerme?
¿A dónde se fue el que se prometió a sí mismo estar satisfecho con lo que pudieras darme?
No valgo la pena, quizás.
Y mi inherente egoísmo, aquel que siempre está latente en mí, incluso cuando lo quiero enterrar en la fosa más profunda de mi subconsciente, proclamó la victoria y quería más de lo que podías darme, mucho más.
Es oscuro y espantoso. Todo en mí lo es, ¿será el motivo por el cual, al final, no me viste como persona? Si pudiera comprender. Si no hubiera dejado todo de mí y eso fuera suficiente. No te culpo, no hay ser que pueda lidiar con las cargas que pesan en mi espalda, ni que aguante la realidad patética de mi existencia.
El tiempo se perdió.
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