El vacío.
La nada. A veces habitable y otras irritable. Tantas veces quiero quedarme y tantas otras podría arrancarme. No pasa nada, no hay algo que este pasando. Es mi cabeza sentenciando, propiciando un final macabro por las dudas que me agarre desprevenida y no tenga cuchillo a mano. Soy yo y mis demonios de exigencia, de desgano y de insuficiencia. Me niña llora y llora hace noches y ya no se como calmar sus rebrotes. Entonces los dejé caer. Los brotes se volvieron semillas y me crecieron flores en los pies. Ahora, en cambio al pasado, seguí caminando y me llevé mis culpas de la mano. Elegí salir del barro, comprarme un helado, llevar libro bajo el brazo y buscar el agua aunque se escape entre mis manos. Dejé pasar el viento y solté mis ansias de atraparlo con mi saco. Que me desplome, que me haga daño, que me lleve todo lo que no hace más caso; a mi y a mi nueva forma de ser. Porque el mundo me esta preguntando si estoy dispuesta a dejarme desvanecer pero no vencer. Y yo hace tiempo que me quiero completa. Que prefiero que se caiga todo antes de enterrarme yo diez metros bajo tierra. Que prefiero perderme todo a sentir que se me desprende el alma como en una guerra.
Entonces cuando estoy en el vacío y siento que la tierra me atrapa, me asfixia, me encierra y me vacía... busco sol, respiro aire, tomo agua y renazco. Otra vez, renazco.
Como siempre, porque así es la vida.
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