Trae un corazón plegable,
temblando,
sordo como un relámpago
detenido en su propio silencio.
Un disparo,
un gesto letal,
pide custodia,
un resguardo en mi pecho,
y dejó su último aliento
escrito en papel que no sabe quemarse.
Yo tampoco sé pronunciar
el idioma de la felicidad,
quizás sea un pájaro
exhibido tras el vidrio,
enjaulado en su soledad.
Y sin embargo
el pájaro me mira,
me reconoce
como si mis huesos
fueran los barrotes.
Me callo,
me quedo quieta,
para que no descubra
que también tengo
un corazón plegable,
envuelto en su propio silencio,
esperando un disparo
que lo pronuncie.
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