Bandida la noche que llevó mis pies descalzos hacia tu existencia, mezclando nuestras risas fúnebres en una infinita danza cadavérica que a mi inexistente humanidad construyó. Porque yo, ceniza del fuego, sólo manchaba y me deshacía, pero tú, mi llama encendida, me haz mantenido en tus manos, presa de tus dedos y de tu calor perpetuo.
Hoy somos hoguera, danzando en la noche con el hálito en nuestro rostro empujando sin cesar, pero algún día seremos volcán, distrayendo la abadía que nos aplastó. Y no habrá nada existente con la capacidad de apagar la catarsis en nuestras manos que solo nuestro amor será capaz de crear.
Yo, amada tuya, veneno dulce en la punta de la daga, seré peligro. Seré el cristal que te corte, la discordia que te aniquile, la agonía que te deshaga, la sombra que no permita el sol en tu ventana. Pero también seré el agua en tu desierto, el alimento en tu hambruna, el calor en medio del frío, la respuesta en tu mar de preguntas, la dicha que te haga querer seguir con vida.
Porque, oh, mi dulce pureza, yo no soy ángel ni cáliz, no soy cielo ni inocencia, pero tú escarbas tan profundo entre mi maldad que logras encontrar eso que alguna vez existió. Sinceridad. Una sinceridad de la que te adueñas con cada ósculo suave en mi piel y en mi vientre. Y mientras seas mío, viviré para darte aquello que anhelas y mereces, teniendo en mí, el demonio que te destruya placenteramente y el dios que te proteja.
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