Lo único que no tiene solución es la muerte.
Eso me dijiste una vez, en uno de esos tantos debates
donde éramos dos viejos griegos luchando por tener razón.
Anoche un extraño me dijo lo mismo:
“Cede tu corazón, da ese abrazo, tomate ese café.”
Los hombres son tercos, concluyó.
Y la frase quedó plasmada en mi pecho;
me daba calor, justo ahí, en el corazón.
Seguí merodeando por la feria nocturna.
Caminaba pensando si ese hombre sabía lo que pasó entre nosotros,
si sabía que ya no nos hablamos.
¿No es esto una invitación a volver? ¿Un café pendiente?
La ciudad se perfuma y sale a brillar;
yo también me visto, me perfumo y te pienso.
Hoy te pusiste lindo; te imagino ante el espejo,
acariciando tu barba, recordando mis manos.
Pienso en vos a cada segundo, en cada detalle:
un olor, un gesto, la música,
las frases filosóficas.
Que la muerte no tenga solución lo puedo atestiguar.
Sé lo que la muerte nos hizo.
Que nuestro amor esté muerto
—¿lo está?— no lo sé.
Quizá todavía respire,
en algún rinconcito, esperando un café.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in