Te van a dar un novillo de hilo.
No sabrás por qué.
Lo aceptarás, nomás.
Y con los días vas a empezar a tirar de la punta,
con miedo, con torpeza,
hasta que encuentres ritmo en las manos
y la trama se vuelva compañía.
Vas a creer que te lo dieron por bueno,
o por especial.
Pero no: te lo dieron porque todos,
en algún momento, recibimos uno.
Y te vas a equivocar,
vas a enredarte,
vas a cortarlo sin querer,
vas a tirar tan fuerte que se te escape de las manos
y se esconda debajo de un mueble,
como un miedo viejo.
Y ahí vas a aprender a pedir ayuda.
Y a veces no habrá nadie.
Y otras, llegarán los que también tienen hilos enredados
y sabrán enseñarte con paciencia.
Un día vas a perderlo por completo.
Y pensarás que se terminó.
Pero no.
Te darás cuenta de que te volviste mejor buscando
que tejiendo.
Y aunque en ese momento
seas vos el único que no pueda seguir tejiendo,
ellos —tus maestros—
aún podrán ayudarte,
y con la protección de Dios,
encontrarás de nuevo la punta del ovillo.
Porque el hilo no era solo tuyo,
y la trama no era solo tu vida:
eran todas.
Y vas a seguir.
Lento, pero vas a seguir.
Y una tarde cualquiera,
al mirar el tejido,
vas a ver que —sin darte cuenta—
hiciste algo hermoso.
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