El 8 de noviembre volví a llorar. Desbordante, furiosa, dolida. Me dije a mí misma que el tercer paso es la rabia, y con eso me arropé.
Hice sinapsis el 9 de noviembre en la mañana, entendí algunas cosas que a simple vista para una enamorada no son tan obvias. Pero a las 11 de la noche pido al cielo algo, cualquier cosa, porque no quiero escribir, no tengo ganas de drenar. A veces hay que dejar que el silencio aturda. Tomé ese pensamiento como mío y me protegí de cualquier recuerdo con intenciones de hacerme extrañar.
Los días siguientes lloré, como si no hubieran pasado tres semanas desde que me rompí en dos. Como si no recordara quien era antes de fragmentarme. Herví de ira y tristeza. Fue la tercera vez en mi vida que somaticé. Poco me quiero, comprendí, porque no puedes cruzar los dedos para que te quieran, ni escudriñar entre sus gustos algo que se parezca a ti. No puedes estudiarlo, atenta, minuciosamente, hasta ser su material.
No puedes hacer crecer algo que nunca nació.
Es lo que pasa cuando no conoces la forma correcta de ser amada.
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