Sol...
Tan cálido como lejano.
Tan kármico como lo que merezco.
Tan… tan cercado cómo yo.
Sé que tu corazón aún pertenece a alguien más,
sé que sigues sanando,
buscando sentido entre tus ruinas.
Y me disculpo por haber irrumpido en ese proceso,
por poner mi ego donde solo debía haber silencio.
Crecí creyendo que podía reparar cualquier cosa,
que bastaba con mi voluntad para arreglar lo que dolía.
Pero los sentimientos no se reparan,
y las personas no son proyectos que salvar.
Y al hacerlo, olvidé que tú no necesitabas que te arreglara,
solo necesitabas tiempo, espacio y verdad.
Por eso me fui.
Corté de tajo, desaparecí, buscando esa calma que creí perdida.
Y durante un tiempo, el ruido se apagó…
hasta que el silencio comenzó a doler.
Pensé en volver, lo admito.
Pero hacerlo sería traicionar mi propio proceso,
burlarme del amor propio que tanto me ha costado construir.
Así que respiré, me calmé y seguí adelante.
Hasta que, por capricho del destino,
te volví a encontrar.
Te ignoré, pero no pasaste de largo.
Y sin embargo, tus palabras ya no bastan.
Entendí que el ruido de las promesas pesa más que el silencio de los hechos.
No soy quien espera explicaciones ni ruegos,
solo gestos que no necesiten ser nombrados.
Lo que siento no exige, no demanda… simplemente existe.
Hay ausencias que enseñan más que las presencias,
y a veces el paso firme es también una despedida.
Seguiré andando, sin dramatismos ni cadenas,
con la serenidad de quien ha aprendido
que no todos los soles alumbran para quedarse,
pero algunos, incluso al ocultarse,
merecen ser contemplados más.
- D. Duality -
Carta II a mi sol
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