El trueno me atraviesa.
No hay dios en esta celda,
solo la sombra de su nombre
marcada en mi piel como un tajo.
Ella respira en la otra habitación,
su voz, un eco roto,
su risa, un hilo de sangre en la pared.
Nos han dicho que somos la ruina de lo santo,
la carne podrida de un amor imposible.
Nos dispararán al alba.
Dicen que el pecado es tocarla,
que sus labios eran la peste en mi boca,
pero yo vi a Dios en sus muslos,
en el temblor de su voz
cuando me decía:
"Vámonos."
Corrimos.
Corrimos con la fe de los condenados,
con el hambre de los perros hambrientos,
con la certeza de que el tiempo
se rompe cuando se le desafía.
Pero el tiempo nos encontró.
Nos ataron las manos.
Nos separaron como se separa
a los amantes de un poema maldito.
Ahora escucho su respiración detrás del muro,
golpea como un tambor,
como el trueno antes de la tormenta.
Me matarán antes que a ella.
Lo sé porque el verdugo
no se atreve a mirar mis ojos.
Cuando el disparo abra mi pecho,
cuando la bala cante su canción de ceniza,
quiero que el último sonido
sea su voz.
Quiero morir con su nombre
pegado al paladar,
con su risa
clavada en el vientre de Dios.

Giovanni Battista Manassero
Escribo para encontrar lo extraordinario en lo cotidiano, entre el absurdo, la nostalgia y el mate bien amargo.
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