Una hermosa gitana maldijo mi alma
su piel parecía hecha de nieve
su cabello tenía un color angelical
y su mente conocía demasiado bien la maldad.
Cantaba igual que una sirena
oculta bajo la furia del mar,
y cada nota nacida de sus labios
parecía creada únicamente para hechizar.
Yo fui demasiado ingenuo
para comprender aquello al escuchar,
porque mientras creía oír una simple canción
ella comenzaba a encadenar mi voluntad.
Desde aquella noche su melodía
quedó sepultada dentro de mi mente al sonar,
repitiéndose como un antiguo ritual
cada vez que la intentaba olvidar empezaba a retumbar.
Nunca me gustó el silencio.
Porque es allí donde aparecen
las voces que me quieren devorar.
Los fantasmas.
Aquellos que se sientan junto a mi cama
cuando la madrugada comienza a aparecer
Y entre todos esos murmullos
siempre regresaba aquella mujer a cantar.
Su embrujo despertó dentro de mí
un hambre imposible de controlar,
una necesidad enfermiza de amor
que terminó pareciéndose más
a un grito desesperado buscando salvación
antes de naufragar.
Desde entonces perdí la costumbre
de permitirme tocar.
Un abrazo comenzó a sentirse
igual que un cuchillo atravesándome la espalda al más mínimo contacto.
Y dejé que todos mis miedos
consumieran lentamente este cuerpo terrenal,
que ahora únicamente sobrevive
para escribir palabras que nadie recordará.
Porque siempre estuve condenado
por una mente imposible de callar,
y por un deseo enfermizo de descubrir
qué existe después del final.
Aunque honestamente…
cada paso hacia lo desconocido
también me obligaba a abandonar algo más.
Personas.
Nombres.
Fragmentos de vidas
que todavía regresan algunas noches
únicamente para torturar.
Almas que alejé.
Otras que herí intentando razonar.
Y algunas pocas
que todavía continúan observándome
desde rincones oscuros al despertar.
Toda mi vida caminé sin rumbo,
sin un sitio al cual llamar hogar,
hasta que terminé encontrando refugio
entre los brazos de aquella mujer infernal.
Y durante un breve instante
creí comprender finalmente
lo que significaba descansar.
Pero aquel amor únicamente fue
un refugio construido para incendiarse al final.
Y todos los sueños que llevé conmigo
terminaron reducidos a cenizas sobre el suelo del lugar.
El tabaco terminó convirtiéndose
en el vínculo más estable de mi realidad,
aunque incluso los espectros que me perseguían
parecían disfrutar verlo consumirse al respirar.
Nunca era suficiente.
Jamás lograba saciarlos de verdad.
Aún recuerdo la belleza de aquella gitana.
Sobrenatural.
Como un ángel enfermo
aprendiendo a lastimar.
Sus palabras descendían dulcemente
igual que gotas de veneno sobre el paladar,
y mientras destruían mi cuerpo
también conseguían hacerlo temblar de felicidad.
Porque amarla era exactamente eso:
sentir placer mientras algo dentro de mí
comenzaba a morir.
Su amor dejó cicatrices invisibles
debajo de mis costillas imposibles de curar
heridas abiertas entre mis entrañas
que jamás terminaron de sanar.
Y cuando desapareció aquella noche
sin despedirse siquiera al alejarse,
me condenó a convertirme en un hombre errante
incapaz de detenerse o regresar.
Entonces el veneno comenzó a despertar.
Primero quemó mi pecho.
Después mis huesos.
Más tarde mi piel empezó a agrietarse y caer,
como una serpiente moribunda
mudando restos de humanidad.
Y aterrado por mi reflejo
decidí buscar ayuda en cualquier lugar.
Recorrí pueblos olvidados,
templos vacíos,
habitaciones donde ancianos enfermos
aseguraban conocer secretos prohibidos sobre el más allá.
Hasta que finalmente un brujo
me observó horrorizado antes de hablar:
—Lo que llevas dentro no es tristeza.
Es una maldición imposible de arrancar.
Luego acercó lentamente sus dedos
hasta mi pecho y comenzó a murmurar:
—Pero todavía existe una forma.
Debes encontrar a una sacerdotisa
capaz de devolver luz
a toda la oscuridad que esa mujer dejó sembrada en tu interior.
Quise burlarme.
Pensé que era otro anciano delirando
Pero las noches comenzaron a empeorar.
Mi mente se retorcía.
Mi cuerpo parecía desintegrarse al caminar.
Y los fantasmas dentro de mi cabeza
susurraban constantemente que debía dejarme arrastrar.
Así que terminé huyendo una vez más.
Porque ya no soportaba habitar un solo lugar.
Y fue así como me convertí en un nómada,
un hombre condenado a vagar,
buscando desesperadamente a aquella sacerdotisa
capaz de iluminar
el jardín oscuro que lleva creciendo dentro de mi pecho…
como un inmenso huerto de rosas negras
imposible de arrancar.
Encontré luz en el camino,
pero nacía de velas anunciando mi funeral,
falsos destellos de esperanza
que terminaron hundiéndome mucho más.
Ahora continúo caminando
con la mente perdida dentro del vacío espectral,
imaginando paisajes imposibles,
soñando con la imagen de aquella sacerdotisa imposible de tocar.
Me he estado arrastrando durante siglos,
o al menos así se siente este penar,
cargando mi cuerpo putrefacto
como un cadáver demasiado terco para descansar.
El tiempo terminó despedazándome.
Cada noche un poco más.
Y el último fragmento de estabilidad
me obliga a mirar el firmamento
y las estrellas ardiendo al brillar.
Quizá ellas intentan guiarme.
O quizá estoy perdiendo la cordura
y comienzo a confundir delirios con señales divinas al avanzar.
El dolor dentro de mi pecho
continúa creciendo sin piedad,
mientras mis huesos rechinan
como ramas secas a punto de quebrar.
Cada noche me recuesto sobre la tierra
preguntándome cuándo llegará el final,
o si esta maldición grotesca
me obligará a caminar eternamente bajo su voluntad.
He perdido la cuenta de los pasos.
Del hambre.
Del tiempo sin descansar.
Y una madrugada terminé desplomándome
en una calle miserable y desigual,
completamente deshidratado,
demasiado cansado incluso para suplicar.
Entonces apareció ella.
O quizá únicamente fue otro espejismo
nacido de mi mente enferma y mi debilidad.
Una figura hermosa descendió frente a mí
envuelta en una claridad celestial,
y después dejó unas gotas de agua
junto a mis labios agrietados ansiosos de algo de humanidad.
Por un instante imposible de describir…
las voces guardaron silencio al notar su existencia.
Mis demonios dejaron de gritar.
Mis heridas dejaron de sangrar.
Todo aquello que llevaba siglos persiguiéndome
pareció arrodillarse frente a aquella serenidad.
Entonces la aparición
se inclinó lentamente hacia mí
y susurró con una dulzura imposible de imitar:
—Sigue caminando…
te esperaré un poco más allá.
Su voz parecía un canto sagrado,
una plegaria nacida para enfrentar al mal,
Y antes de que pudiera siquiera alcanzarla
su silueta comenzó lentamente a desaparecer,
como ceniza arrastrada por el viento
No sé si realmente era ella.
La sacerdotisa destinada a arrancar
esta condena adherida a mis entrañas
como espinas imposibles de quemar.
O quizá solamente fue otro espejismo
nacido de mi fiebre al delirar,
una visión creada por mis demonios
para obligarme una vez más a continuar.
Pero desde aquella noche sigo buscándola
atravesando el mundo un paso a la vez,
porque si algún día consigo encontrar sus manos
quisiera entregarle el último fragmento de mi alma…
ese que todavía resiste dentro de mi pecho
y conserva la maldita necesidad de amar.
Incluso si besarla significara mi final,
todavía caminaría hacia ella sin dudar,
porque algunas almas nacieron destinadas
a incendiarse únicamente por amar.

Nicolas Olarte
Escribo poesía y compongo piezas instrumentales para crear atmósferas, cada texto tiene un sonido; cada sonido nace de lo no dicho.
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