Escribo cuando no debería, escribo cuando oculto, escribo cuando me oculto.
¿Por qué no escribir cuando soy feliz? ¿Por qué mi escritura se reduce a unas lágrimas sobre la mesa?
Son interrogantes de los que jamás sabré la respuesta, tal vez de eso se trate la literatura, de sacarnos del caos del mundo y adentrarnos en nuestro propio desorden.
He pensado que últimamente mis melodías no están tan afinadas como hace algunos años, los colores ya no brillan tanto como los recuerdo. ¿A caso hay forma de saberlo?
Este desorden que altera mis emociones, que me encierra dentro de mí, me hace temer al afuera. Este desorden que intenta sacar lo peor, o lo mejor, no lo sé.
Solo sé que escribo cuando más perdida estoy, cada paso se siente en falso, cada paso parece no darse. En mí, ocultas, aún viven las esperanzas de esa niña que soñaba con conquistar su mundo, alimentar infinidad de animales y desvelarse leyendo.
Tal vez, con estos cuantos años puedo sentir que la vida me duele, la existencia misma me implora esfuerzos que no me creo capaz de realizar, y acá estoy, sumergida en un mar de dudas, de certezas ajenas, de fijaciones incorrectas.
Mi vida no es mía, hoy no.
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