Pasaron casi doce horas, y el cuerpo ya no estaba.
A ese señor lo vi morir. No pude hacer nada. No supe qué hacer.
Fui una más de las que observó.
Estaba cubierto de su propia sangre, y quizás de la sangre de alguien más.
Contra el pecho sostenía, con una mano, lo que parecía un pedazo de tela: tal vez una remera. Estaba tan embebida en sangre que ya no se distinguía qué era. Creo que tampoco importa ahora. Si su intento era evitar desangrarse, no lo logró.
Había un charco alrededor.
Él estaba en posición fetal.
Le vi los ojos cerrados.
Solo observé, como tantos otros, en el gran hall central de la estación Constitución. Miré la hora: eran un poco más de las seis de la mañana. Dos policías mujeres estaban paradas a su lado, pero no hacían mucho más. Ellas, al fin y al cabo, también eran espectadoras de ese final.
Después de casi doce horas volví a la estación para regresar a mi casa. El cuerpo ya no estaba. Solo quedaban algunas manchas que no lograron quitar del piso.
No supe su nombre.
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Celeste Burgio
Soy Celeste Burgio, tengo 34 años, y de tanto escribir en mi propio chat de WhatsApp decidí pasar a este espacio virtual, para compartirlo con todos ustedes.
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