Todo inició cuando elegí simplemente llenarme de todo aquello que logré sentir desde que empezó el año. Llenarme del diccionario que decidí (u olvidé) darle el lugar adecuado en mi lengua, en mi boca. Sacarlo.
Soy una persona que habla desde que tiene uso de razón. Habla de cosas que otras personas no hablan porque hablar es difícil y hablar es darle verdad y una realidad a algo que está sucediendo. Hablar es admitir que existe algo. Hablar es dar vida al mundo que te rodea e identificar el propio interno. Hablar es tenebroso y se requiere de todo el coraje que se pueda encontrar. Duele, quema, lastima, incomoda, asquea: ¡pero cuán necesario es que lo sea! Es tomar la decisión más crucial de la existencia: hablar o empezar a morir.
En un lapso de dos semanas me enfermé de forma que me aterra reconocer. La fiebre, dolores de cabeza, sangrado menstrual que no paraba, suero por intravenosa (episodio el cual me llena de enojo e impotencia al ver lo mal que lastimaron mi brazo y el hematoma lo suficientemente grande que cubre el tatuaje en dicho lugar. Impotencia porque es muy devastador darme cuenta que estamos rodeados de profesionales que se olvidan de que hay un otro que está padeciendo. Nunca hay un otro, siempre es uno más en la guardia con alguna molestia, por no decir pavada, que se debe curar en unas horas. Y siguiente), sonda vesical que me hizo desgarrarme la garganta de los gritos del dolor, piel sumamente debilitada, cabello sin vida. Pasaba los días mordiéndome las mejillas internas. Hablé con mi analista para decirle que simplemente no iba a recurrir más a las sesiones, que abandonaba el tratamiento por cuenta propia, que ya no me daba el alma para seguir pretendiendo tener esperanza de que podía tener la suficiente valentía para afrontar la vida. Me ofreció acompañarme a la guardia y una sesión un sábado al primer rayo del sol de la mañana. Me negué y le agradecí. Ella siguió insistiendo pero simplemente apagué el celular. Nunca me negué a la ayuda. Siempre la perseguí de la forma que sea, en el momento que sea, como sea, a costa de lo que sea. Pero esa noche estaba decidida a que me había olvidado por completo lo que era estar viva, o querer vivir. O tener esperanza en la posibilidad. La posibilidad de que hay posibilidad para el cambio de un día a otro, y la única certeza de que el cielo va a seguir siendo algo que, con tan solo alzar la cabeza y la vista, contiene colores indescriptibles, soñados y una infinidad de posibilidades de que siga pareciendo algo espectacular algo tan vasto. Me olvidé de planes, personas, nombres, rostros, emociones, la curiosidad que siempre me caracterizó. Me olvidé. Olvidé queriendo olvidar. Olvidé que me había prometido que la crueldad de las situaciones no me iba a corromper. Y utilicé palabras que jamás hubiera dicho, porque el odio y el querer ser igual de insensible como fueron ciertos rostros donde alguna vez vi amor y encontré calidez, simplemente me pintó por entero. No puedo decir con exactitud qué fue lo que pasó, pero mi cuerpo no reaccionó de la mejor forma. Empeoré.
Al día siguiente desperté con los labios en carne viva y la mitad del rostro inflamado por una mágica muela retenida que se le ocurrió aparecer en un momento ideal. Radiografías, inyecciones, temblores, noches sin dormir, alucinaciones, duda de mi propio juicio, la deshidratación de tanto llorar todos los días sin un motivo en particular (mintiendo claramente porque tengo más que una biblioteca de motivos para quebrar en llanto durante un mes seguido sin descanso), los ganglios linfáticos me dolían a tal punto que empecé a ver una verdad que por un momento me dejó en frente del espejo un poco perpleja: quizá no iba a volver a ver un amanecer de vuelta. Y me preparé. Me preparé. Me preparé sola en mi pieza porque la fiebre no me dejaba salir de ella sin que el calor particular de febrero me debilite aún más. Acaricié a mi gata, a mi tan inteligente gata que cuando estoy perdida en el dolor y el evitar sentirlo, ella simplemente se aleja y enloquece por las noches, mirándome cansada desde la cama por la madrugada esperando a que deje el escritorio para dormir juntas, hasta que simplemente cae dormida con resignación o simplemente se esconde debajo de la cama. Ella sabe cuando no soy yo. Cuando soy ese cascarón consumido por un enojo irracional, por una angustia desesperante, por un rencor venenoso, por aquella habilidad mía de hacer todo lo posible con tal de no sentir dolor, o mejor dicho, no sentir.
Y me cansé. Dije que no iba a hacerle un culto al dolor. Me dormí por consecuencia de la cantidad de sustancias que mezclé, además de la genuina tristeza de estar en dos antibióticos y llena de multivitamínicos. Jamás fui de enfermarme físicamente. Mi sistema inmunológico se pudrió de toda la mierda que le hice pasar durante años, y si habló (que lo hace), me dijo explícitamente una sarta de insultos y que me maneje por mi cuenta. Totalmente entendible a mi parecer.
Al despertar, hice la rutina higiénica de las mañanas y tomé la decisión más dolorosa que tuve que elegir en años. Completamente en silencio y sobria, abrí aquella bolsa que durante mucho tiempo la tuve escondida bajo un montón de ropa. Y sacando cada objeto con cada recuerdo y fecha grabada tan bien en mi memoria, lloré. Lloré tanto al sentar cabeza de que aunque ese tiempo en aquel consultorio fue relativamente breve, todo lo que me enseñó me cayó como un balde de agua fría. No lloro del dolor. Lloro al poder saber que fui cuidada y contenida de tal manera que me mantuvo con vida mientras aprendía a hacerlo por mí misma. Pero me fui. No tengo idea todavía de donde saqué el valor para irme. Y tampoco tengo idea de por qué me fui. Sin embargo, lo que tiene que ser, va a ser, porque si bien no todos mis deseos pueden cumplirse, al mirar para atrás, caigo en que todo lo que no pudo ser o lo que yo hice que no pueda ser, me obligó a abrazarme por las noches más oscuras y decir que si no puedo encontrar la luz, yo puedo convertirme en la luz. Y siempre va a haber un mañana. No puedo decir que más tranquilo o pacífico, pero sí un mañana con posibilidades.
Agradezco todo el dolor, porque es la prueba definitiva de que amé y me amaron. Y que el amor existe dentro mío todavía.
Y puedo amar porque tengo coraje para elegir seguir viviendo.
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