No sé escribir si no estoy triste. No sé escribir sin un pucho, no sé escribir sin un cliché. No escribo antes ni durante mi felicidad. Escribo al comienzo tembloroso de un amor, durante el desarrollo de lo que sé finalizado y sobre mi sobrepensar del final autoconvocado. Escribo cuando me duele y no sé por qué y muchas veces supe que dolía porque lo invoqué. Reconozco mi pesar en la escritura y yo no sé si es un don o una tortura.
A veces me consulto, dormitando, si enaltezco mi dolor en lo escrito. Si lo hago vivo, si lo materializo. Si le doy labios, ojos, piel. Si lo personalizo. A veces me releo con la cautela de quien sabe que la autocrítica le susurra en la oreja y me río un poco porque no encuentro ninguna moraleja. Ningún desarrollo de personaje magnífico que me empuje a escribir algo que no sea tan mediocre, que no toque los temas de siempre, que no sufra con las mismas palabras, que no mida cada cosa en el formato de prosa.
No sé escribir si no estoy triste y se terminó mi cigarrillo.
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