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No quiero ser mi mejor versión

Apr 21, 2026

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Hay una frase que empecé a escuchar con fastidio: la mejor versión de vos misma. Está en todos lados. En los podcasts que escucho mientras lavo los platos, en los posteos que deslizo sin querer, en las charlas de café donde alguien cuenta su nueva rutina de mañana. Como si cada uno tuviera adentro una versión ideal esperando ser desbloqueada, y todo lo demás —lo cansado, lo disperso, lo que duda— fuera apenas un borrador que hay que corregir.

Y yo, últimamente, no quiero corregirme más.

No quiero despertarme a las seis. No quiero tomar agua con limón. No quiero hacer journaling, ni manifestar, ni agradecer tres cosas antes de dormir. No quiero optimizar mi energía, ni auditar mis vínculos, ni revisar si lo que hago está alineado con mi propósito. Algunos días solo quiero existir en esta versión cansada, imperfecta, que mira el techo un rato largo antes de levantarse.

La mejora continua también es una exigencia

Lo que más me agota no es la rutina, ni el trabajo, ni las tareas pendientes. Es el murmullo de fondo que me dice que, aparte de todo eso, también debería estar creciendo. Evolucionando. Trabajándome.

Antes la exigencia era clara: producir, rendir, lograr. Ahora es más sutil. Te disfrazaron el mandato de autocuidado y te lo devolvieron más difícil de esquivar. Porque ya no se trata solo de hacer más cosas afuera, sino de mejorar también adentro. Tus hábitos, tu mente, tu descanso, tu manera de respirar. Todo entró al circuito de la productividad.

Hasta el ocio tiene KPIs. Hasta el silencio hay que practicarlo bien.

La versión ideal no existe, pero pesa

Lo más raro es que esa mejor versión nunca llega. No es un lugar al que arribás. Es una zanahoria colgada que se corre un poco más lejos cada vez que avanzás. Cuando empezás a entrenar, aparece alguien que además come impecable. Cuando comés impecable, aparece alguien que además medita. Cuando meditás, aparece alguien que además duerme ocho horas y lee un libro por semana.

Siempre hay un escalón más. Siempre falta algo.

Y una parte de mí lo sabe, lo sabe hace rato, pero igual se deja arrastrar. Porque es difícil quedarse quieta cuando todos alrededor parecen estar optimizándose. Porque hay algo en esa promesa —la de que si me esfuerzo un poco más voy a dejar de sentir lo que siento— que sigue siendo seductor, aunque nunca se haya cumplido.

Quererme hoy, no a la que voy a ser

Pienso en toda la ternura que le tengo reservada a esa versión futura mía. La que va a estar más ordenada, más tranquila, más resuelta. A ella le voy a permitir descansar. A ella sí la voy a tratar bien.

Mientras tanto, a esta —la de ahora, la que está escribiendo esto con la taza fría al lado— la trato con una dureza que no le tolero a nadie más. Le exijo coherencia, le pido paciencia, le reprocho todo lo que todavía no es.

Y me pregunto qué sentido tiene eso. Postergar el cariño hacia mí misma hasta que me lo merezca. Como si el afecto fuera un premio por buen desempeño.

Descansar sin método

Hay algo que estoy intentando, no siempre me sale: descansar sin convertir el descanso en otra tarea. No el descanso productivo, el que recarga baterías para rendir mejor el lunes. No el que viene con app, con técnica, con propósito. Descansar porque sí. Estar tirada en el sillón sin sentir que estoy perdiendo el tiempo. Mirar por la ventana sin que eso tenga que ser mindful.

Me cuesta. Me cuesta muchísimo. Porque una parte mía sigue creyendo que parar es retroceder. Que los días en los que no avanzo son días perdidos. Que si no estoy construyendo algo, estoy desperdiciándome.

Pero de a poco empiezo a sospechar que eso también es una mentira que me contaron bien. Que hay vida en los ratos que no sirven para nada. Que no todo lo que vivo tiene que ser materia prima para una versión mejor de mí.

Ser esta, aunque sea un rato

No estoy renunciando a cambiar. No es eso. Lo que quiero es dejar de vivir apurada hacia una versión futura que tal vez nunca llegue, y si llega, va a tener sus propios problemas.

Quiero darme permiso para ser esta. La que a veces está desconectada. La que no siempre tiene ganas. La que escribe en lugar de ir al gimnasio. La que se equivoca con tranquilidad, sin sacar una lección en limpio.

Quizás ahí, en ese gesto mínimo de dejar de perseguirme, aparezca algo que ninguna rutina de mañana me podía dar.

O quizás no aparezca nada. Y también esté bien.

Fernanda

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