No puedo escribir
porque eso implicaría poner en palabras
aquello que no quiero pronunicar.
Es un acto de valentía,
pero tan íntimo, que no puedo compartirlo
ni conmigo misma.
Me siento estancada, en la nada.
Asustada de reconocer,
entre el lápiz y el papel,
que aquello que me estrunje el corazón,
y me inhibe la pulsión,
es la melancolía, de un sábado por la madrugada,
en la que, entre las sábanas,
nos recuerdo juntas, entrelazadas,
aceptando que aún te extraño,
y sabiendo que, al otro día,
lo habré olvidado.
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