Un zumbido en la cabeza.
Un tastabilleo.
El silencio después del ruido.
Siento el agua salada de mis ojos rozando mis mejillas.
Pero se paran; todo para.
De repente, todo para.
Estoy confundida; debe ser idea mía. No entiendo este dolor en la mandíbula.
Lo miro y está perplejo; se tapa la boca con las manos, como si el golpe lo hubiese recibido él.
Me balanceo y, de repente... Me balanceo, lo miro, me abraza.
Me dice que perdón, que jamás volverá a pasar, que no sabe qué pasó...
y creo que yo tampoco.
Nunca me había pasado, pero quiero que me suelte. Quiero que deje de tocarme y lo alejo.
Él llora; llora como si yo le estuviese haciendo daño, como si a él le doliera la mandíbula, como si todavía sintiera un pitido en el oído.
Él me sigue rodeando con sus brazos y yo le digo que me suelte. De alguna forma, sé que será la última vez, pero igual quiero que me suelte.
Y lo hace.
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