Somos hijos y nietos de todas las veces que nos dijeron que no; somos madres y abuelas que no se rinden y que pasan noches en vela por la búsqueda del sí.
El hambre se encarna en nuestra piel, el miedo se derrama y se nos escapa por heridas que no terminan de sanar. Somos una porción diminuta de esperanza dentro de una brújula dirigida por la incertidumbre. Somos dones nadie, marginales, irrespetuosos y desubicados. Hacemos ruido por todas esas bocas que intentaron callar, gritamos por los que quedaron en la eterna juventud.
La ropa nos queda grande, los adjetivos se nos caen, la pobreza se nos deshace en la mugre y la vida no nos pertenece. Nuestros apellidos son sustituidos y limitados a ser lo mismo que él, que este, que aquel. Somos todos la misma mierda. Estamos empantanados en la cúspide de la injusticia. La memoria huye de los pocos escombros que terminan por constituirnos.
Desbordamos intensidad, pasión, cultura, protesta. Lo poco que es nuestro lo defendemos con garras y dientes. Nos atrevemos a ensordecer al mundo entero con tal de que nos noten por lo que somos: esa fracción que la historia oculto para quedar bien con sus parientes lejanos, muy muy lejanos. Nuestras venas son los hilos con los que los titiriteros de turno nos maniobran, pero no importa: nos enseñaron a vivir estando muertos.
Somos todo esto y nos merecemos ser reconocidos, no solo en cada rincón polvoriento del planeta, sino en nuestro propio país, por el que damos guerra y vida. Somos la patria intacta y somos hermanos de todas las almas en pena que reclaman su identidad.
Gritamos hasta enmudecer.
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