No es que no me interese la gente,
es que nunca aprendí a estar cerca sin sentirme raro.
A veces me tardo en contestar porque no sé
si lo que voy a decir va a sonar mal, o de más.
Como si hablar fuera caminar en puntas de pie.
Me acostumbré a estar solo.
A que nadie toque la puerta.
A vivir en piloto automático.
A que el silencio sea rutina, no castigo.
Y cuando alguien se acerca demasiado,
aunque no tenga malas intenciones,
mi cuerpo entero se pone en guardia.
Me alejo sin pensarlo.
Como si estuviera programado para huir antes de que duela.
No es que quiera herir,
pero no sé cómo recibir cariño sin sospechar de él.
Como si algo bueno siempre tuviera que terminar mal.
Por eso a veces contesto seco.
Por eso parece que no me importa.
Por eso no me quedo.
Pero en el fondo, sí me importa.
Más de lo que puedo admitir sin que se me cierre la garganta.
No sé cómo pedir compañía sin sentir que estoy molestando.
Hay una parte de mí que cree
que hay personas hechas para quedarse solas,
que tal vez yo sea una de ellas.
Quizá un día,
cuando no duela tanto el sol,
cuando alguien no se espante del veneno
sino que vea la herida,
quizá entonces,
me atreva a salir.
Pero hoy no.
Hoy sigo intacto,
bajo esta armadura que me mantiene a salvo,
pero también me mantiene solo.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in