Por el umbral de la puerta, cerrada con llave y trabada con un banquito de madera, una tenue luz entró en su habitación. El resto solo era oscuridad expandiéndose. Sentada en el suelo, rodeada de peluches de oso, bloques de lego y lápices de colores desparramados, dibujaba en un cuaderno. La persiana se mantenía baja, para evitar ver el desértico exterior. Se quedó allí entre esas cuatro paredes, sabe que no hay nadie más en el mundo, y todo lo que necesita lo tiene a su alcance. De repente, golpean la puerta. Forzando sus pequeños brazos, arrastró la mesa donde tomaba té con sus peluches, justo al lado de donde está el banquito. Ahora sí, podía descansar tranquilamente. Al despertar, fue emocionada a continuar su dibujo, pero se frustró mucho al verlo arruinado, de inmediato tomó su baúl de juguetes y lo llevó hacía la puerta. Luego de varios días, ya ninguna luz llegaba a la habitación. Sin embargo, seguían golpeando la puerta, una y otra vez. Más adelante también golpearon las ventanas, ella no podía concentrarse en su dibujo, aunque ya apenas podía ver el trazo de su lápiz. Quedó acostada en el suelo, en medio de la habitación ya igual de vacía que allá afuera, todos los muebles estaban cubriendo las entradas. Sin darse cuenta, su mundo se volvió una página blanca como la que tenía en frente de sus ojos, la hoja comenzó a humedecerse con las lágrimas que le caían, entonces escuchó como la lluvia golpeaba el techo, y quiso ir a verla. Despejó los muebles que estorbaban la puerta, sacó de su bolsillo la llave y la lanzó por debajo. Aún así, cuando finalmente invitó a los demás a entrar, nadie abrió la puerta, así que se sentó con sus peluches y continuó su dibujo, hasta que un día la luz viva en cada rincón de su habitación.
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