Ayer niños, hoy adultos.
A la tarde, con rodillas raspadas y dientes flojos.
Por la noche, nos esforzábamos por volver a las calles de zapatillas gastadas.
Cómo nunca dije que los amo.
¿Qué podía saber del amor si la felicidad venía de la carcajada entre dientes faltantes?
Aparecía en juguetes rotos y bolitas perdidas.
Más aventuras que cualquier explorador, imaginando cómo seríamos de adultos sin saber lo que era.
Alguna vaca molesta en el campo de Marraco, y los perros que, sin asco, nos corrían para comernos.
Insultos en voz baja para que el regaño no cayera como un rayo.
Luchas interminables con cables por su cobre, y las manos con algunos callos.
Recorridos largos que finalizaban con el llamado de la lejanía para la vuelta al hogar.
Vivir de épocas pasadas ya es costumbre para el corazón nostálgico que tengo.
Qué afortunados somos, o fuimos.
Cuando aquella mesa de kilómetros tenía todas las sillas ocupadas,
o las visitas inesperadas cruzaban un charco para darnos un abrazo.
Descubríamos un lazo tan difícil de explicar
que solamente el cruce de nuestros brazos unía los corazones.
Solo eso nos decía que éramos familia
y no queríamos que ninguno se fuera.
Solo nuestra sangre sabe de dónde somos.
De ese lugar donde el amor brota.
Donde el ardor de los codos nos dejó marcas.
Venimos de carreras descalzos y cardos altos,
de fútbol rudo y campos interminables,
de guitarra dominguera
y el guiso sanador de la Yaya.
Y pensar que no volveremos nunca más… qué dolor.
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