No sirve ni pa' bosta: En su origen rural rioplatense, la frase significaba que el objeto referenciado era tan inútil que ni siquiera alcanzaba el estatus de la materia fecal de las vacas o caballos del campo. Si un animal enfermaba, se ponía viejo, o una herramienta se echaba a perder, el paisano proclamaba la frase aludiendo a que el espécimen/objeto había quedado obsoleto.
Me recuerda a una anécdota que contaba mi abuelo en sus jornadas más furibundas de alcohol en sangre.
Supuestamente, un militar retirado de la Fuerza Aérea convertido en terrateniente con la guita afanada durante la última Dictadura, había salido una noche a pilotear su avioneta con los muchachos más acérrimos y lacayos del pueblo. Le dio permiso a uno de ellos para aterrizar el bicho con alas, él verificando todo por detrás. No está de más aclarar que estaban mamados hasta el culo.
El viejo ex milico iba templado, sereno y sin preocupación, el resto admitió estar disfrutando la adrenalina con las gónadas subiéndoles por la tráquea. En lo que las ruedas delanteras golpearon contra el pasto, una sombra cruzó en diagonal por la pista del descampado, viniendo luego un golpe seco contra la parte inferior de la avioneta. Quien piloteaba perdió el control y empezó a rezar, a medida que el horizonte oscuro se inclinaba como una botella a punto de golpear el suelo. El resto gritaba de puro horror, a excepción del ex aviador, que bien tranquilo tomó la cabrilla con una mano mientras que con la otra tomaba desde una botella de ginebra, logrando enderezar y balancear la máquina.
Todos bajaron eufóricos, riendo y festejando. El ex milico caminó hacia un bulto que yacía a lo lejos. Encendió un cigarrillo y entre pitadas gritó: “Me mataste al perro, Luisito.” Le hablaba al anterior aprendiz de piloto intoxicado. El grupo entero calló. “Ya no sirve ni pa’ bosta”, sentenció. Luego, todos marcharon en silencio hacia la hacienda del viejo. El animal, como bien indica la biología, se quedó ahí mismo reducido a tripas y carne destrozada.
Pasó una semana y al ex milico no se lo vio por ningún lado. El grupo de los muchachos estaba inquieto, corría el rumor de que el otro los iba a salir a cazar en plena madrugada para vengar a su fiel compañero canino. Hasta llegaron a conspirar contra Luisito, inculpándolo de todo el quilombo en el que estaban metidos.
Para sorpresa de todos, el viejo se presentó una tarde de viernes mientras mateaban en el almacén de uno del grupo. Fue como si el tiempo hubiera decidido volverse un cubito de hielo seco. “Señores, están invitados al próximo asado del domingo. Los quiero ahí presentes, sin falta”, dijo, metiendo los dos pulgares bajo el borde del cinto militar que siempre llevaba puesto. Asintieron levemente, calculando la velocidad de sus movimientos. Lo que el hombre decía, se hacía.
Una vez llegada la fecha, asistieron bien empilchados, junto a las mejores damajuanas que tenían guardadas para ocasiones especiales. La jornada fue extensa: desde las doce y media gozaron de la parrillada que uno de los empleados del ex milico se había encargado de preparar, rebosante de todo tipo de cortes de carne jugosa, en una larga mesa semejante a la Última Cena debajo de un limonero inmenso; al atardecer jugaron un partidito de fútbol en la canchita de la hacienda; ya caída la noche bebieron como locos mientras se mataban apostando en el truco.
Fue entonces que a uno de los muchachos se le dio por preguntarle al viejo dónde había conseguido la carne del asado, que se daba cuenta que no era del proveedor de siempre porque tenía un gustito diferente, a lo que el resto coincidió entre frases llenas de intriga. El glorioso estandarte militar de una Nación lejana a sus mejores épocas de gloria en el campo de batalla dijo: “Ah, ya mismo les muestro.” Le ordenó al maestro parrillero que “lo trajera”. La reunión se sumió en un vacío recóndito. Nadie hablaba, todos esperaban.
A lo lejos se pudo ver cómo el hombre regresaba, sosteniendo una tabla enorme de madera con un bultito encima. El viejo, por su parte, escaneaba los rostros de sus amigos, mientras empezaba a reírse por lo bajo. El parrillero entró en el campo de luz creado por los faroles de tubos de sodio que iluminaban el espacio de reunión y apoyó la tabla en la mesa. Sobre ella estaba la cabeza cercenada del perro.
El muy hijo de puta del viejo estalló en una risa enferma y delirante, cuyo eco se perdió en la profunda infinidad de la noche.
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