Se mueve con las suaves corrientes
que se acercan al lugar,
y el peso de su cuerpo se deshace en el agua,
dibujando sus movimientos en libertad.
Estática, no.
Estable.
Sin esfuerzo por pertenecer al paisaje,
aunque esté allí
y sea la pieza principal.
Declinan sus pétalos ante la luz lunar.
Descansan lánguidos, simulando una cuna.
Sin esfuerzo, sin espera.
Habitarse es la cura real.
Se entornan los bordes como párpados cansados,
siempre atentos a lo inesperado,
porque también sabe
que incluso los mares más sagrados
pueden traicionar.
El destino en sus manos es incierto,
pero jamás equivocado.
El sol asciende llamándola por su nombre,
la vuelve visible
y existe por un momento con claridad.
Pero en el fondo sabe
que cada vez que él desaparece en el horizonte,
algo permanece igual.
La niebla susurra que llegó la soledad,
y entonces
ella se pregunta, impaciente,
quién vendrá después
y luego,
quién será,
como en aquel poema del libro
que unas manos tibias le supieron dar.
Sin embargo,
algo puede asegurar:
con el tiempo ya no importará
lo que no pudo ser,
ni importará solamente el final.
Ser un cúmulo de luz,
de oscuridad,
trazos de sensaciones,
pensamientos dormidos,
explosiones de fuego,
sorbos de realidad.
Ser todo y nada.
Ser como un nenúfar.
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