Navegué por distintos cauces
buscando tu diminuta risa;
buscando tus ojos
en el reflejo estridente del agua.
Encontré tu sangre,
ligeramente agria por las penas,
alborotada entre burbujas
rayadas por el dulzor inefable del karma.
Cada glóbulo encendió la noche
y bajo la luz de la luna
tus cabellos florecieron,
irradiando vida detrás de sus penurias.
Por consiguiente, tus mejillas
calmaron las olas temblorosas del alba,
enterneciendo los mares con la formación
cálida
de tu sonrisa.
Tus ojos rozaron
plenamente el corazón
de un alma enrojecida.
Marcando los pasos
sostuve tus palmas
para aterrizar en tus brazos;
y besar, por una vez,
esos labios que llamaban.
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