En este vasto océano, las preocupaciones flotan como barcos a la deriva. Algunas son ligeras, se deslizan suavemente, mientras que otras son pesadas, cargadas de lastre, que amenazan con hundirme. Intento nadar, pero las corrientes son fuertes, y cada intento de mantener la cabeza fuera del agua se convierte en una lucha desgastante.
La tristeza me envuelve como una neblina densa, obscureciendo la luz del sol que solía iluminar mis días. Es como si cada rayo de esperanza se escondiera tras las nubes grises, y cada risa se tornara eco de un pasado distante. A veces, me pregunto si algún día podré ver el horizonte claro nuevamente.
Recuerdos y anhelos son los arrecifes ocultos que acechan bajo la superficie. A menudo, me encuentro atrapado entre ellos, incapaz de avanzar, mientras el agua me empuja hacia atrás, recordándome lo que perdí y lo que aún deseo alcanzar. El miedo a lo desconocido se asemeja a un abismo oscuro; cada paso que doy se siente como un salto al vacío.
Sin embargo, en medio de esta tormenta emocional, hay destellos de luz. Son como faros en la distancia, recordándome que, aunque el mar sea turbulento, aún hay formas de encontrar la calma. A veces, un pequeño gesto, una palabra de aliento, puede ser el salvavidas que necesito para flotar nuevamente.
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