El miedo al fracaso es una sombra que se alarga con cada paso que doy hacía mis sueños. Cada día, cuando me levanto, siento como si una montaña de dudas y temores se levantara frente a mis ojos, bloquea la vista de mis metas. La angustia invade mí pecho, como un constante recordatorio de lo que podría no ser.
Mis sueños que antes eran tan vividos y alcanzables, ahora parecen estar en un horizonte muy lejano con cada intento fallido. Los días pasan y, con ellos, las oportunidades que se desvanecen antes de siquiera tocar mis dedos. El miedo de no ser lo suficientemente buena, de no tener la fuerza o la destreza para llegar a dónde quiero, se convierte en un compañero inseparable.
Me esfuerzo por mantener la esperanza viva, pero cada caída alimenta esa voz interna que me dice que no estoy hecha para esto, que mis sueños son solo ilusiones que alimento para no enfrentar la realidad del fracaso. Es una batalla constante entre la determinación y los miedos y la balanza siempre se inclina a lo negativo.
El miedo al fracaso es como una cárcel y la única llave está en mí capacidad para superar mis propias inseguridades. Pero, ¿que pasa cuando esa llave parece estar fuera de mí alcance? Es una lucha contra un enemigo invisible, uno que habita en lo más profundo de mí alma.
Pero igual sigo adelante, a pesar de la duda, a pesar del miedo.
Por qué, al final, prefiero enfrentarme al riesgo del fracaso que vivir con el arrepentimiento de no haberlo intentado.
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