La muerte me llamaba, su frío pero reconfortante tacto me hacía sentir cómoda entre sus brazos, acuñándome como si de un bebé se tratase. Estaba rota, hundida, acabada, pero ya nada tenía sentido para mí, la el frío suelo en el que estaba sentada apenas podía sentirlo, mis ojos, llenos de lágrimas, borrosos, apenas podían ver mi reflejo en aquel espejo que cuerpo entero que mi madre había puesto hace apenas unos meses en el lugar.
— ¿Es hora? - pregunté cuando la vi, tan bella como me la había imaginado, su cabello negro relucía junto a su guadaña.
— Es hora de dejar de sufrir, querida hija. - y después de tanto tiempo sentía la calidez entre aquel frío acto que acababa de cometer.
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