Muero en tu carne,
en la sangre resiliente
que desprende tu pecho
bajo robles inanimados
sucumbidos ante el suelo.
Fallezco nuevamente
en ese vientre bajo.
En aquel páramo inexplorado
repleto de nuevos rios y montañas,
de nievos soles y crepusculos,
de aquellas sombras que forman
la creación de nuevos rostros.
Pisamos la tierra virgen,
bebemos el agua natural,
deslizamos las nubes del cielo
colonizando y haciendo nuestro
cada metro cuadrado de ésta,
nuestra nueva ciudad de cristal.
Vuelan los pájaros y las flores
con cada secuencia de nuestros besos.
Se marchitan las penas
y los gritos ahogados solo aparecen
cuando nos encontramos lejos.
Te contemplo,
luz nueva del camino,
te contemplo y bendigo
la posibilidad de tocar tu rostro,
de ser tus ojos,
de morir en tus manos,
sin saber que destino depara
al humano ciego de amor
y repleto de ti,
solamente
por estar a tu lado.
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