Me tuviste que matar
pero te mató igual.
No lo viste venir,
ese filo que dejaste en mi pecho
ahora apunta hacia vos.
Pensaste que ibas a caminar lejos,
con las manos limpias,
y que yo me quedaría en la tierra que me diste por tumba.
Pero el eco de mi voz
se cuela en tus sueños.
Y no hay silencio que lo ahogue.
Me robaste todo,
menos la forma en que tu cuerpo tiembla
cuando escuchas mi nombre escuchás en boca de otros.
Ese temblor soy yo.
Ese miedo, también.
No soy un fantasma que llora en la ventana.
Soy el reflejo que ves en cada vidrio roto,
la sombra que aparece cuando apagás la luz,
la mancha en tu conciencia
que no sale ni con fuego.
Creíste que matarme era ganarte la paz.
Pero yo aprendí a bailar en mi propia tumba,
y cada paso retumba en tu pecho
como un disparo que no deja de repetirse.
Y cuando te pregunten por qué no dormís,
mentí, como siempre.
Deciles que es el insomnio,
no la certeza de que me quisiste enterrar viva
y ahora soy yo la que cava
tu condena,
lenta,
implacable.
Porque sí, tuviste que matarme.
Pero te mató igual.
Y voy a asegurarme
de que mueras las dos veces.
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