El caos se apodera de la mente nuevamente, otra madrugada en la que los pensamientos melancólicos nublan todo dentro de él. La flor en su pequeño buró parece estar de acuerdo con su estado de ánimo, su brillo totalmente apagado y con la cabeza baja, esos hermosos pétalos que resplandecían con colores alegres ahora eran opacos y casi en total oscuridad. Aquella habitación solo era un reflejo de lo que pasaba, ropa tirada por aquí y por allá, no sabía diferenciar cuáles eran sus cosas servibles e inservibles. La tenue luz le lastimaba la mirada, le dolía respirar, le costaba pasar más de 5 minutos sin derramar una lágrima.
Estaba en un punto totalmente perdido, no sabía qué día era, qué hora, ¿siquiera aquella si era su habitación? Se había perdido por completo, una cruda realidad lo atravesaba; nadie se muere de amor. A veces solo queda ser un muerto en vida, el corazón palpitando por mero capricho, no por necesidad. Cada respiración era un recuerdo que corría por su mente, el pecho apretado y los ojos hinchados por el dolor que lo consumía lentamente. ¿Por qué era tan fácil caer en el olvido? Sería algo a lo que no le había encontrado respuesta ( y posiblemente jamás lo haría ). Le había dedicado tantas noches a su llanto que su propia cabeza gritaba y palpitaba rogando un poco de piedad.
Era difícil aceptar que aquello era su duelo, era su forma de escapar un poco de la realidad, de la cruel realidad que ya no sabía si era mejor - o peor que sus fantasías. Fue complicado aceptar que aquella compañía fantasmal finalmente se había esfumado, pero más difícil fue amar sin ser amado.
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