Es cierto que antes escribí sobre el castillo, sobre cómo me sentía protegida dentro de él y cómo, al estar fuera, sentía que un dragón me perseguía.
Pero mientras escapaba descubrí que también existen cuevas.
Algunas son frías y vacías. Otras son tan grandes y silenciosas que por un momento parece que el dragón también habita en ellas.
Y luego están esas otras cuevas. Las pequeñas. Las que, de alguna forma, tienen la forma de un abrazo. En ellas uno puede descansar un momento antes de seguir caminando. A veces también hay otros animales refugiándose, buscando lo mismo que uno, un lugar donde sentirse un poco más a salvo.
Creo que tengo amigos y seres a los que veo como esas cuevas. Incluso me gusta pensar que, en ocasiones, yo también he logrado ser una para alguien más.
El castillo sigue estando lejos, y el dragón no ha desaparecido. Pero ahora sé que el camino también está lleno de pequeños refugios. Y, de alguna manera, cuando todas esas cuevas se encuentran, hacen que seguir caminando hacia el castillo se sienta un poco menos difícil.
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